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Luz Helena Cordero

-1961-

Nació en Bucaramanga, Colombia, en 1961. Estudió psicología en la Universidad Nacional de Colombia e hizo una Maestría en Literatura. y durante años combinó su labor de psicóloga con la de escritora de poesía, cuentos, crónicas y ensayos literarios. Obra suya ha sido incluida en numerosas antologías y traducida al inglés, portugués y alemán. Ha tenido reconocimientos nacionales e internacionales como, la Mención de Honor Premio Mundial de Literatura José Martí, San José de Costa Rica, o la Primera Mención del Primer Concurso de Poesía Fernando Mejía Mejía, Manizales.

Ha publicado, entre otros, los libros de poemas: Óyeme con los ojos, 1996; Canción para matar el miedo, 1997; El puente está quebrado, 1998; Cielo ausente, 2001; Por arte de palabras, 2009, y Eco de las sombras, 2019.

El vuelo, la llama, la ventana Artículo para el 36º FIPMed
Muestra de poemas web del FIPMed
Muestra de poemas Revista Prometeo #77-78
Vuelo Video en el 17º FIPMed. Canal YT Revista Prometeo

Esta es una muestra de sus poemas:

Hache

Sarah insiste en que su nombre tiene hache final,
h muda, de sonido musical.
H en su frente cuando enarca las cejas
y deja una pregunta en la entraña del Darién,
en la hondura de la noche,
en los ríos que atraviesa en brazos del ángel,
en el barro que baña su cuerpo.

Al ángel le sangran los pies, la voz,
las manos rotas, la fatiga.
Viaja sin ruta, sin alimento, sin dios.
Sarah le da la fuerza y el canto,
le da sus dedos breves, su temblor.
Y cuando ella le pregunta por la madre
él responde que está por ahí,
como esa h que no la desampara.

Brillan los brazos de Ángel, brotan sus venas
cuando encumbra la niña sobre troncos, serpientes, orfandad.
Atraviesa la selva oscura, en mitad del camino de su vida,
hacia la Loma de la Muerte, con Sarah de nadie y de todos.
En su gorro lleva colores de una bandera sin patria,
arruga su rostro que no tiene la suerte de llorar.

Sarah sueña con los brazos de un ángel
mientras insiste en la música de su hache muda.
No sabe que Ángel lleva la H de hombre humillado,
de hombre humilde, heroico y hermoso
que no la abandona,
que al fin dará con su madre en el camino.  

Año de publicación: 2026

Belleza trágica

 

Tiene el torso desnudo y no lo sabe.
Recogió su cabello con descuido, sin afanes,
como una lavandera que inicia su jornada,
como una niña antes de dormir.
Una manta la cubre con desgana,
deja ver erosiones, cicatrices en la espalda,
el ombligo como centro del enigma.
Ella se apoya en la pierna derecha
y en la izquierda asoma la ausencia del pie.
En sus ojos, el vacío.
Mientras se incorpora a medias, le duelen 
los brazos que no tiene, lo que con ellos cargó:
un pilar de su casa, los hijos, la fruta a punto de morder,
un cántaro, una capa de lino, tal vez la rueca, la cosecha de higos…

Miles como ella cayeron de camino a sus casas,
millones sepultadas, sin edad, sin voz,
sin las manos que sustentaron su estirpe, el pan, las certezas.
Aquellas que cargaron su cuerpo como una condena,
las forzadas a encorvarse, las remisas al señor de los ejércitos,
las que mintieron buscando felicidad, las airosas,
las inmoladas por sus hijos,
las fulminadas por el miedo, por el engendro del amor
que una mañana se vistió de asesino.
Esas que elevaron un techo sobre la nada
y sembraron huertas en la cal y jardines entre rocas.
Aquellas que nadie rescató del fondo de la tierra
y no tienen pedestal, ni nombre, ni tributos.
Las que cargaron con su belleza trágica,
con su saga, con esas ganas de abrazar.
Las mutiladas por la historia acaso son ella y no lo saben.
Ella, la asediada sin tregua en el museo.
La nombran Venus o Afrodita de Milo. ¡Qué más da!

Año de publicación: 2026

Tan solo una mujer

Soy Maria Salomea, hija de Bronisława y Władysław, maestros de niños.
Varsovia me ve nacer dentro de una cáscara de hielo y silencio.
Madre toca una música triste, tan dulce como sus dedos 
cuando salen de la cocina.
Cuando recita a Michiewicz, a padre le tiembla la voz.

Polonia es una muchacha con las manos atadas y la lengua cautiva.
Sus consonantes vienen del rumor del viento entre los árboles. 
Oigo los susurros en cuartos y cocinas. En la oscuridad devoro sonidos,
su cosquilleo entre los labios. Czczczcz… El dedo y su silencio.
Me aferro a los libros, rompo la tiniebla.

Soy Maria Salomea Skłodowska, huérfana de madre a mis diez.
Hurgo entre cajones, raspo la tierra en busca de respuestas.
¿Por qué padre llora en la penumbra? No es por mamá, confiesa con vergüenza.
Es por la patria ultrajada. ¿Qué es patria, padre? ¿Dónde la has perdido?
Czczczcz… De nuevo el dedo en los labios. Bajo la voz, aprendo la lección.

No son para el piano ni la aguja. Estos dedos insisten en romper, 
quieren hallar algo que no entiendo. Sé buena, hija, ya tienes edad para callar.
Padre, quiero aprender como los chicos, quizá algo más.
Un poco, muchacha, un poco nada más.

Nadie me preguntó si quería ser mujer. Oculto mi cuerpo en este traje,
me embuto desde el piso hasta mi rostro amargo. Siempre en secreto,
bebo de prisa, nada es suficiente. No es mi culpa, padre. Sueño con lo improbable.
Un día, quizás un día.

París me ve llegar, cierra los ojos y los cielos. Allí soy Marie, el sueño de Pierre.
¿Cómo nombrar eso que nos empuja a encontrarnos?
No siente amor el hierro, no, es magnetismo.

Probar, insistir, despedazar las rocas. Tengo prisa. Raspo la tierra
en busca de respuestas, mastico largamente el pan, la mantequilla, los fracasos.
Ni fatiga ni sueño. Solo el esquivo gozo de saber.

Me nombran Madame Curie. Golpeo fuerte las rocas, brilla por fin
la oscuridad. Polonia, vieja que llora por sus hijos, logré lo probable.
El mundo no era tan grande, ni tan justo. Una mujer, tan solo una mujer.

Polonia resurge como Lázaro. Hoy otra Varsovia me recibe.
En esta placa de la calle Freta soy de nuevo Maria Skłodowska.
El espectro que se coge el rostro y se rodea de artilugios, no soy yo.
Aún escarbo la tierra en busca de respuestas.

Yo, que derribé tantos escollos, que atravesé cuerpos sin tocarlos,
nunca aprendí a sonreír.

Año de publicación: 2026

¿Qué se hicieron?

                 Haz, Señor, que no haya
                 muertos esta vez,
                 deja las rocas lejos,
                 que el viento amaine
                 y que tu paz por fin
                 se multiplique.

                 María Luisa Amaral

¿Qué se ha hecho Calipso, la que oculta?
El mar le dio en custodia al pequeño Aylan Kurdi,
los que zarparon aún no llegan a puerto,
no hay isla, no se oyen nanas ni arrullos,
solo una furia líquida, solo un tremor de viento.

¿Qué se hicieron los dioses protectores?
¿Tan solo nos dejaron su castigo?

Hoy, que es ayer, que es mañana y siempre,
Mediterráneo, Mar Jónico, su furia,
Adriana es el pesquero.
Disputándose el agua entre las aguas
en la Fosa de Calipso se sumergen
setecientos, seiscientos, un número quimérico.
En vez de Nereidas, hombres de negro
lanzan cabos, maniobran. ¿Hunden?
Grecia, Italia, Europa, ¿hay alguien ahí?
Siria, Pakistán, Egipto, África, ¿quién los vio partir?

¿Qué se hicieron los dioses protectores?
¿Tan solo nos dejaron su castigo?

Patrias, lenguas, nombres, ojos a babor y a estribor.
La guardia los acecha, los embiste, Poseidón los engulle.
Como aro salvavidas, el collar de Harmonía.
Acógelos, Calipso, ofréceles manjares
y si cabe consuelo dales tu propio lecho.

¿Qué se hicieron los dioses protectores?
¿Tan solo nos dejaron su castigo?

Gritos de agua sin ninfas ni titanes.
Hombres de negro con capuchas,
bocanadas de sal en la conciencia.
Océano, hijo de Urano y Gea, no responde.
Y el pequeño Aylan Kurdi en la playa, dormido,
como una deidad entumecida.

Año de publicación: 2026

Vorágine

            Hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
            por los bellos países donde el verde es de todos los colores

            Aurelio Arturo

           Un mar de palma nos conduce al Guaviare. Mar verde sin orillas, una recta de tres horas por una carretera desolada. El sol como testigo. Ni plátanos, ni frutas, ni gallinas. En los ojos, verde palma. Atrás queda Granada, ese largo bostezo de chucherías, ropas, comestibles. Atrás los vapores del mediodía, música estridente, recelo, cascos, advertencias.

           Viene el cementerio, una planicie con flores de plástico donde busca refugio el silencio. Alguien lleva una regadera, atrás van siluetas que acarician la tierra reseca del recuerdo, los huesos del amor. En la fosa común hallan la ropa del desaparecido, la camisa del baile, los rastros de perfume, el beso que no fue. En el retrovisor hay polvo, verde ausencia.

           A lado y lado, plumazos azules y blancos, el cielo volcado en la sabana, el agujero del armadillo, el enigma en la hojarasca, la sorpresa en las ramas, las ganas en los ojos. Un cartel anuncia un desvío: Puerto Rico, Meta. Tras el nombre, la imagen, la mancha roja del recuerdo, una descarga repentina, alguien se santigua. ¿Qué puedo añadir? Verde zozobra.

           Aquí el Guayabero y el Ariari se juntan, nace el Guaviare. Podría ser una historia de amor. Ríos aceituna, caobas, azules, lechos de arena, caminos de ceniza. Cuentan historias de Palma, exterminador de la etnia Tinigua, ofensa de las aguas, terror de los caballos, luto de las playas. Los ríos olvidan, refrescan, todo lo limpian. Verde nada.

           Tras el susurro del viento, el trazo blanquinegro de las garzas, la pompa del tucán, la gracia del martín pescador, el grito de los monos. Danzan los delfines rosados, su visión o su promesa. En el humo viaja el lamento de las vacas, el olor de su parentela. Dondequiera el sudor de hombres que se afanan y sonríen, el tesón de las mujeres, sus manos fuentes, raíces.


           Llanos, Amazonia, azul desnudo, noche púrpura, maravilla, frontera. Pasan bandadas de palabras y ese verde que no para de sangrar.

Año de publicación: 2026