El vuelo, la llama, la ventana
Por: Luz Helena Cordero Villamizar
La poesía o el vuelo
Para decapitar a la Medusa, esa criatura que petrificaba a quien la mirara a los ojos, Perseo recurre a la levedad: vuela con sus sandalias y contempla la imagen terrible reflejada en su escudo. De la sangre de la gorgona nace Pegaso, el caballo alado, símbolo de la imaginación creadora, de la inspiración poética. En sus Seis propuestas para el próximo milenio, Ítalo Calvino alude a la mitología para destacar la levedad como acción frente a un mundo agresivo. Una levedad que no es frivolidad sino agilidad reflexiva, agudeza, precisión del lenguaje y de la imagen.
Cuando Orfeo toca su lira, apacigua las tempestades; encanta animales, plantas y humanos. Con su música logra adormecer al temible Cerbero, aplaca las fieras del inframundo, sortea peligros e intenta devolver a la vida a su amada Eurídice. La música con sus ritmos, timbres y tonalidades se asocia a la plenitud de la vida cósmica, media entre lo humano y lo divino. En el descenso de Orfeo al inframundo, la música y la poesía revelan su antigua alianza. La música le da al poema su aliento; la poesía entrega a la música su memoria y su sentido. Juntas suspenden por un instante la muerte.
Ante la contundencia de un mundo que nos aplasta, podemos acudir a la precisión de lo leve. Tenemos la imagen, el símbolo, el lenguaje, el vuelo; tenemos el arte y la literatura que surgen de lo sensible y se dirigen a lo sensible. Aristóteles sostenía que la misión de la poesía —en especial de la epopeya— no era representar el pasado sino aventurarse a imaginar lo que podría suceder. Ese desvío de la mímesis hacia la posibilidad, situó a la poesía en un territorio fértil. No es extraño que tal libertad le costara a los poetas la expulsión de la República de Platón. Al ser desterrados del orden racional de la polis, conquistaron el vasto reino de la imaginación y la creación.
La imaginación no es evasión en una niebla etérea. Es hacer de la imagen una acción poética, atravesar un universo de sentidos, entretejer pensamiento y emoción en una misma urdimbre. La poesía subvierte los símbolos, incomoda, confronta; crea un lenguaje capaz de develar, de hacer visible lo invisible; da voz a lo que permanece mudo, ignorado, a aquellos que han sido silenciados. Al tocar el sentimiento y la conciencia, la palabra poética transforma la percepción que tenemos de esa realidad que doblega o aflige. Al nombrar, el poema logra combatir la indolencia y el olvido. Y, sobre todo, preserva el asombro.
Muchos han visto en la poesía una forma de consuelo. Antonio Gamoneda señala que la palabra poética proporciona un placer que convoca la sensibilidad y la inteligencia, y que tiene el don de ayudar a reparar el sufrimiento, tanto del poeta como de quien lo escucha. Héctor Rojas Herazo dice que ese consuelo contiene «una ternura tan poderosa que, al diluir el sufrimiento, nos obliga a la intuición de que no somos completamente terrenales». Gonzalo Rojas resalta que, si la poesía tuviera una función, sería «proporcionar placer estético, sin perder la conexión con su tiempo y su contexto espacial, tocando la conciencia». Para Raúl Zurita «la poesía es la esperanza de lo que no tiene esperanza».
Consolar no es impedir o detener el dolor. El placer y el consuelo son el hecho poético mismo, provocado por la estética de la imagen y la palabra, aunque la sustancia sea el horror o la desgracia. Quizá el consuelo reside en la belleza, en el modo como duelen las palabras. Eunice Odio acuñó el término «resplandiciente» para el lenguaje poético, porque brilla y dice, porque hechiza y seduce. En esa mirada hay algo de magia y provocación. Como en los antiguos conjuros, nombrar es convocar el sentido oculto de las cosas, alterar la lógica, crear algo nuevo. Charles Baudelaire creía en el poder de la poesía para excitar el alma, los sentidos, el asombro; para hallar lo bello en lo horrible y lo horrible en lo bello.
Necesitamos la poesía como el aire o el agua y, aunque ella no tenga la función de cambiar nada, sucede que un libro, un poema, una melodía, una pintura, pueden cambiarnos la vida y la forma de mirar el mundo. Por eso escribir es un ejercicio de resistencia, un acto político frente a la realidad que nos rodea. Así lo dice Octavio Paz: la poesía no es un decir: / es un hacer. / Es un hacer / que es un decir.
La poesía no se limita a la palabra escrita: está presente en toda expresión creadora; sucede sin nuestra participación; surge en el resonar del silencio y el vacío; en el estremecimiento que deja una visión o un pálpito. Es arcilla que pide una forma, una voz, un alma. Algo se trastoca y da paso al vértigo. La poesía interroga, con o sin palabras, habita el territorio de la duda y huye del aguijón de las certezas; se aparta de lo evidente; no arrulla ni acicala, a menudo desacomoda, perturba. La poesía tiene el poder de revelar y rebelarse.
El poeta o la llama
Quien escribe da testimonio de su tiempo porque la realidad que habita no es un simple telón de fondo sino una materia inseparable de la experiencia poética. La voz poética es polifónica porque a través de ella nos habla el mundo en el que está inmerso el escritor. Esa voz no es neutral: pasa por el tamiz de la sensibilidad y por una lectura crítica del mundo en el que se vive. Aunque surge en una época concreta, será escuchada siglos después. Ser contemporáneo significa asumir el presente, interrogarlo, incomodarlo.
El escritor no permanece al margen de los acontecimientos; se contamina de su época, participa de las tensiones y conflictos, defiende sus convicciones, no renuncia a sus derechos. Hay poetas guerreros, anarquistas, insurrectos. Mujeres y hombres que han ido a prisión o a la muerte por sus palabras o sus actos. Muchos libran una batalla contra su propio yo. Si la paz es silencio o quietud, la poesía puede ser grito, conmoción, ruptura. Alejandra Pizarnik escribe: Yo trabajo el silencio / lo hago llama… / … Si soy algo soy violencia.
«Canta, Oh diosa, la cólera del pélida Aquiles». No hay temas vedados al poema o al poeta, ni hay otros que se les puedan imponer. La paz, el amor, la vida o la muerte son tópicos frecuentes de la poesía, pero no son su mandato. El acto poético es un acto de libertad. Algunas veces los poetas inventan o imaginan otra realidad más grata y esperanzadora; otras, rechazan su contexto, lo combaten con palabras como dagas, como en el verso de Henry Luque Muñoz.
El lector o la ventana
El poder transformador de la palabra poética no finaliza en el texto escrito. Quien escucha o lee un poema, vive un remezón, algo nuevo irrumpe. El lector completa la obra y hace posible su resonancia, le imprime su ritmo, sus silencios, su historia. En el lector confluyen imágenes, ideas o sensaciones que no estaban en la conciencia del autor; nuevas asociaciones y presencias que son su propia creación. Por eso ningún libro es el mismo para todos. Lector y poema se modifican en el encuentro. Y un poema que nadie lee o nadie escucha, es como una ventana clausurada. No existe hasta que alguien la despliega.
Para Joan Margarit, «el poema es una especie de partitura abierta a muchas interpretaciones posibles… el instrumento del lector es su cultura, sus sentimientos, su estado de ánimo, sus frustraciones, sus miedos, su pasado… En poesía no se da el equivalente del hecho musical de escuchar una pieza. El poema, o es interpretado por el lector, o no es».
La lectura es también un acto de contemporaneidad. Leer aviva la magia del diálogo entre tiempos distintos; hace que una voz antigua ilumine una del presente; permite que una inquietud actual revele una arista olvidada del pasado. El lector participa de ese movimiento: no recibe la obra como un objeto cerrado, sino como un flujo de repiques incesantes que se transforma en cada época y con cada mirada.
La literatura habita una temporalidad propia, ajena a la cronología. Su tiempo es plural, simultáneo, espeso, nunca lineal ni progresivo. Todo el corpus literario —con sus tensiones, contradicciones y afinidades— constituye una riqueza común, un patrimonio vivo de la humanidad. En un poemario no se acumulan ruinas sino presencias, voces que, desde distintos momentos de la historia, continúan interrogándonos y nos recuerdan que ninguna época se basta a sí misma. Gracias a los lectores, los poemas cobran vida y sentidos que crecen y se expanden en el sentir y el pensar colectivos. La escritura y la lectura, más allá de la conciencia, nos transforman.
Como el reflejo del monstruo en el escudo de Perseo, la imagen poética ilumina, persiste, taladra, penetra la tiniebla, la severidad de una realidad agobiante. La poesía, con la levedad de su vuelo, con su luz y su música, anima los hechos humanos, se hace imagen-acción e incide en otra dimensión de lo real. Fernando Pessoa lo creyó así: «la sensación es la única realidad».
Bogotá, marzo de 2026, tiempo de genocidios.