English
< Regresar

Dwayne Morgan

-1974-

Dwayne Morgan comenzó su carrera en  spoken word en 1993. Apodado cariñosamente por sus compañeros como el padrino del spoken word canadiense, Morgan es autor de 16 libros y 10 colecciones en audio de su obra. Fue nombrado miembro de la Orden de Ontario en 2023, ganador del premio Celebration of Cultural Life de la Toronto Arts Foundation en 2022, finalista del Premio del Primer Ministro a la Excelencia en las Artes en 2016 e incluido en el Paseo de la Fama de Scarborough en 2013. 

Dwayne ha compartido escenario con muchos de los mejores artistas de Canadá, entre ellos Russell Peters, además de actuar como telonero de artistas internacionales como Alicia Keys y grabar con artistas canadienses, entre ellos Drake. Hasta la fecha, Morgan ha compartido su trabajo en 18 países.

Esta es una muestra de sus poemas:

¿Y si...?

Encendí mi televisor la otra noche
y escuché a una mujer cantando,
y las palabras de su canción
realmente me hicieron pensar:
¿y si Dios fuera realmente uno de nosotros?
¿Y si Dios fuera ese hombre que vemos en el bus,
escuchándonos quejarnos y maldecir con disgusto,
ese hombre que no conocemos,
pero del que aún elegimos burlarnos?
¿Y si estuviera ahí como una prueba
para ver cómo tratamos a quienes
Dios ha bendecido con la vida?
¿Y si Dios es quien
trata de enseñarnos lo correcto de lo incorrecto,
guiándonos hacia la oscuridad,
esperando que volvamos a la luz?
¿Y si Dios fuera el hombre que vemos en la calle,
pidiendo monedas o algo de comer,
mientras pasamos caminando,
pretendiendo no verlo?
¿Y si estuviera comprobando cuán caritativos seríamos
cuando nos topamos con aquellos que realmente necesitan
ayuda?
¿Y si Dios fuera la mujer
que vemos y maldecimos,
por no conocer su verdadero valor,
de pie en la esquina,
apretando su bolso,
viendo si le ofrecemos palabras amables
o si la tratamos como basura?

Se dice que Dios volverá como un ladrón en la noche,
sin una llegada anunciada
para aquellos que quieren adorar o esconderse.
Por eso necesitamos vivir cada día
como si Dios estuviera justo aquí.
Después de todo, todos estamos hechos a imagen del Creador,
y aunque no debemos adorar a un hombre mortal,
sí debemos reconocer la presencia del salvador
en cada mujer, hombre y niño.
Necesitamos amarnos unos a otros,
sin saber cuándo estaremos siendo juzgados.
¿Qué dirías si te encontraras cara a cara
con Dios,
sin saberlo hasta que fuera demasiado tarde?
¿Sonreíste al pasar,
o desviaste la mirada?
Debemos vivir como hermanos y hermanas,
tratando a nuestros mayores como padres y madres,
haciendo a los demás lo que quisiéramos que hicieran con
nosotros;
muchos creen que Dios volverá por los elegidos,
pero... ¿y si Dios ya está viajando en el bus?

          Traducido por Élizabeth Robert

Guerra

La mayoría de nosotros crecimos
protegidos de la guerra,
pero ya no más,
porque cada mañana,
me despierto y lloro
por las vidas perdidas
y la devastación
de la noche anterior.
Veo a la gente usar sus plataformas para actuar,
pero no juzgo,
porque todos estamos tratando de entender
qué hacer con lo que estamos viendo
y sintiendo,
pero me pregunto por los niños;
algoritmos alimentándolos
con sangre y miembros,
con poco contexto o explicación.
¿Qué nos pasará,
mientras esto les sucede a ellos?
Trauma normalizado por likes,
algunos sin ver propósito en la vida,
o en la situación de aquellos
cuyas vidas no comprenden;
¿Cuánta muerte puede digerir un estómago humano
antes de estar lleno,
antes de empezar a saborear
la bilis del disgusto en nuestra propia garganta?
Relaciones fragmentadas
a lo largo de líneas ideológicas,
amistades cortadas
por quién tiene la razón y quién está equivocado;
la humanidad, antes definida,
ahora en debate,
mientras normalizamos el odio.
No pienses que la guerra allá
no nos afectará aquí,
no nos recordará nuestros propios traumas
y activará nuestro PTSD;

nosotros también estamos en campos de batalla
que solo son una pantalla.
La tecnología ha hecho del mundo
un lugar más pequeño,
nos ha dado una ventana
al destino de los demás
y a la realidad vivida.
Mi realidad me hace pensar
en niños con sus teléfonos,
deslizando imágenes de horrores no contados,
sin saber si deben darle like o no,
cuestionando a cada adulto que alguna vez les dijo
que la violencia no es la respuesta,
cuando la historia nos ha mostrado
que usualmente lo es.
Estos niños,
creciendo sin filtro,
experimentarán traumas
como nunca lo hemos imaginado,
pero supongo que todo es justo cuando se trata de guerra,
y ellos serán el daño colateral.

                 Traducido por Élizabeth Robert

Espacios sagrados

Mi abuelo recibía una mesada;
nunca aprendió a usar el banco;
le entregaba su cheque
a mi abuela,
y ella le daba
su dinero de bolsillo para la semana.
Hoy,
algunos podrían llamar a eso débil,
pero eran otros tiempos;
antes de las redes sociales,
y de necesitar nuestros teléfonos
para ocultar cosas que considerábamos privadas.
Subastamos nuestros corazones
por la atención de extraños solitarios,
que más a menudo que no,
nos hacen más daño que bien.
Cuando mi abuelo se frustraba con el trabajo,
llegaba a casa
y descargaba sus cargas
con la persona que lo entendía
y lo amaba más.
Durante más de sesenta y dos años,
estos dos se apoyaron mutuamente
para todo.
Compartían sus esperanzas,
sueños y decepciones.
Pero nosotros,
tenemos esta necesidad
de probar que somos amables,
de ser validados por muchos,
no por nuestro uno.

Donde estamos vacíos,
nos llenamos
de comentarios y likes.
Invitamos a personas a partes de nuestra vida
donde no tienen lugar;
les damos permiso
para deslizarse en nuestros mensajes,
ofreciendo apoyo y opciones
que no les corresponden;
creando problemas
que antes no existían.
Damos a los extraños pase libre
para ocupar espacios
donde no pertenecen;
nos enfocamos en nuestras opciones
más que en lo que realmente tenemos.
Las cosas siempre parecen más verdes
cuando no miramos nuestro propio césped;
y nos preguntamos por qué nos cuesta ser felices,
por qué la satisfacción parece tan esquiva.
Creamos publicaciones subliminales
y actualizaciones de estado,
para que la gente sepa cuándo estamos peleando;
no todos,
solo quienes leen entre líneas,
y prestan atención
a lo que realmente significa cada meme.
Olvidamos que no todos los que nos animan
quieren vernos ganar;
nuestra felicidad les recordará
su miseria.
Así que, si es importante para ti,
protégelo

con la misma energía que te costó
conseguirlo.
Guarda tus decepciones
y desamores para ti;
no alimentes a los buitres que rondan,
esperando picotear lo que queda
de tu corazón.
Selecciona lo que muestras
y lo que estás cómodo
con que otros sepan,
porque las relaciones saludables
requieren límites saludables.
No seas el mago
que revela todos sus secretos;
mantén a otros intrigados
con la ilusión de tu magia,
porque pasamos demasiado tiempo
entretener a todo el circo
en lugar de someternos a nuestro maestro de ceremonias;
priorizando a extraños sobre las personas de nuestra vida.
Perdemos fácilmente de vista
quién y qué es realmente importante;
distraídos,
sin contacto visual,
solo mirando nuestros iPhones,
siendo jalados en todas direcciones
menos en la que nos lleva
a lo que realmente queremos.
Si te pidiera el PIN
de tu cuenta bancaria,
o el código de tu teléfono,
¿cuántos me lo darían?

Es difícil creer
cómo restringimos el acceso
a estos lugares arbitrarios,
pero somos tan descuidados y abiertos
con nuestro espíritu y nuestros espacios sagrados.

       Traducido por Élizabeth Robert

Enero de 1974

Enero de 1974,
dos inmigrantes se acurrucaban,
protegiéndose
del frío canadiense,
frotando sus cuerpos
como palitos en manos de scouts;
intentando recrear el calor jamaicano
que conocían bien,
pero que habían dejado atrás.
El paraíso ahora era solo un recuerdo,
guardado en el espacio detrás de los ojos,
reemplazado por la realidad de la nieve,
mientras patinaban sobre hielo delgado.
Noches buscando calor
plantaron un pan en el horno,
y al tercer trimestre,
llegó un anillo de compromiso,
mientras contaban los días
para el mes nueve.
Cada mañana de octubre
era recibida con nerviosismo,
anticipando
si ese sería el día.
Pasaron dos semanas,
y un lunes,
se reunieron con posibles abuelos
para comer, hablar, reír
y dar gracias al salvador;
más tarde esa noche,
lo que podría haber sido gas,
resultó ser trabajo de parto.
Dos horas después,
los dos que habían dejado su sol
recibieron uno nuevo,
el primero,
nacido un martes;
yo era el sueño de los inmigrantes.

Mi mamá era una chica ardiente en los 70,
pero tenerme la volvió tibia,
al pasar de talla siete
a una catorce,
para acomodar mi potencial,
así que siempre trato de estar a la altura;
humildado por los sacrificios
de unos chicos de veintiún años.
Soy el sueño de los inmigrantes;
hecho de la misma tela,
solo otra parte de la colcha,
así que todo lo que construyo
se construye sobre sus espaldas.
No doy un paso hacia adelante
sin mirar atrás.
Mantengo mi pasado en mi presente,
y mi linaje en perspectiva,
para que el arrepentimiento nunca
sea parte de la existencia de nuestra familia;
Sin dudas,
sobre si alguna vez existió
una vida mejor.
Mientras continúe
mostrando mi alma
a través de mi creatividad y escritura,
no habrá necesidad de que ellos
anhelen el calor
del sol jamaicano,
porque yo soy su sueño,
y cuando me miren,
quiero que vean
que su hijo
sigue brillando.

               Traducción de Élizabeth Robert

Invisible pero esencial

Una poeta me contó
sobre una conversación que tuvo
con una mujer conmovida
por mi actuación.
Reflexionó sobre
lo que mis palabras y relatos
le habían dado a esa mujer,
y luego se preguntó:
¿quién nos da eso a nosotros?
¿Quién alimenta a los artistas
que le dan al mundo
la belleza y el amor
que muchas veces les faltan,
pero que desean recibir?
Como artistas,
prendemos fuego a nuestras almas,
convirtiéndonos en hogueras de brillantez,
para recordarle a otros
su propia luz,
para llevar calor
a un mundo
cada vez más frío
y aislado.
Como artistas,
nos mantenemos apartados de las masas,
que viven en la zona de confort
de la orilla;
nosotros deseamos más,
por eso vamos profundo,
explorando bajo la superficie,
como guías turísticos
que muestran nuevas perspectivas
de cosas que hemos visto,
pero nunca a través de este lente.
La verdadera belleza del océano
se encuentra en sus profundidades,
no en la superficie
ni parado en el muelle.

Somos portadores de alegría,
y potenciamos la salud mental.
Somos espejos para el mundo,
permitiendo que las personas se vean a sí mismas,
sus posibilidades,
y cómo podría ser este mundo.
Como artistas,
somos los discos duros externos de Dios,
almacenando fragmentos de historia y vida,
pequeños píxeles,
capturando momentos en el tiempo;
estrías mentales que se expanden
por las ideas que damos a luz.
Pero, ¿quién nos alimenta a nosotros?
¿Quién recarga nuestras baterías
cuando nuestra creatividad se detiene,
mientras el mundo sigue girando?
Somos aquellos
cuyas cabezas
son las primeras en la guillotina
cuando recortan presupuestos,
pero imagina un día
sin música en tus audífonos,
sin series
ni películas para ver al llegar a casa,
sin pasos de baile
ni fotos que mirar,
sin museos
ni galerías;
Nosotros, los artistas,
somos invisiblemente esenciales,
pero con frecuencia
usados y desechados
como si no tuviéramos valor,
como si nuestro arte
fuera solo un juego
y no requiriera esfuerzo.
Sin embargo, es nuestro trabajo
el que otros usan para escapar

de lo mundano,
y luego suelen discutir
cuando queremos que nos paguen
y que se valore lo que creamos.
Somos recordatorios de la belleza
que nos rodea cada día,
y proveedores de esperanza;
médicos del alma,
recetando remedios espirituales
para ayudarnos a sobrellevar la vida.
Somos los artistas,
anhelando que la vida tenga sentido
aunque nuestra propia vida carezca de él.
Como artistas,
sabemos que nuestras almas son cementerios
donde algunas de nuestras mejores ideas morirán,
atrapadas en el purgatorio,
en algún lugar entre la fuente
y esta vida,
así que mientras estamos vivos,
pasamos nuestro tiempo
tratando de dar vida
a tantas de ellas como podamos.
Regalamos
mucho de lo que pasa por nuestra mente,
a menudo recibiendo poco a cambio,
pero aun así,
prendemos fuego a nuestras almas,
y llevamos luz al mundo
mientras ardemos.

                Traducido por Élizabeth Robert