Mohsen Emadi
Nació en Sari, provincia de Mazandaran, norte de Irán, el 29 de octubre de 1976. Es poeta, traductor y cineasta. Desde 2012 reside principalmente en México, donde trabaja como profesor e investigador de poesía y literatura comparada en diversos institutos del país.
Algunos de sus libros de poemas publicados en español: La flor en los renglones, Lola Editorial, España, 2003; Las leyes de la gravedad, Olifante Ediciones de poesía, España, 2011; Visible como el aire, legible como la muerte, Olifante Ediciones de poesía, España, 2012; Abismal, Casa Refugio Citlaltépetl, México, 2016; Sonata en la ceniza, Olifante Ediciones de poesía, España, 2022.
Autor de Querido Antonio, documental poético sobre la influencia de la Guerra Civil Española en la obra de Antonio Gamoneda, que a su vez dio lugar a la publicación de De la realidad y la poesía. Tres conversaciones y un poema, (publicado por Vaso Roto Ediciones, México, 2010). Sus otros documentales incluyen La única patria, donde presenta la última entrevista a Juan Gelman, y Un poeta y su exilio, sobre el exilio de Luis Cernuda en México.
Ha publicado traducciones de poesía mundial al persa, principalmente de América Latina y poesía española, de Europa del Este y finlandesa, de autores como Vladimir Holan, Vasko Popa, Walt Whitman, Antonio Gamoneda, Juan Gelman, César Vallejo, Luis Cernuda, Lêdo Ivo, João Cabral de Melo Neto, Carlos Drummond de Andrade, entre otros.
Esta es una muestra de sus poemas:
Intermezzo
Cada año, las autoridades pierden
el rastro de miles de niños refugiados.
Deutsche Welle, 2019
SON las once y veintitrés
en Helsinki.
El lenguaje
tiene vértigo
durante diez minutos y de inmediato
se encuentra
en un autobús
dirección Norte.
El hecho
de que el conductor del autobús
revisará sus documentos
y los pondrá en el asiento número trece
aún no se ha aclarado.
En setenta y un asientos del autobús
setenta pasajeros están sentados,
todas son versiones diferentes de una persona
y cada uno podría ser descrito
con setenta verbos diferentes:
el que ríe, el que llora,
[el que firma
etcétera.
Con un simple vistazo
en el espejo del autobús
el lenguaje entiende
que tal situación
no tiene nada que ver
con la metáfora del camino y los pasajeros:
no se contará ninguna historia
y, por otra parte,
todas las historias
caerán
verbo por verbo.
En la primera estación,
cerca de la medianoche,
en algún lugar cerca de un puerto
todos los pasajeros salen,
y el viento,
arrastrando todas sus transformaciones,
azota el cuerpo del lenguaje.
El lenguaje
está de luto
y usa la garganta de las gaviotas.
SON las once y veintitrés
en Helsinki:
no es una metáfora,
sin embargo, puede determinar el lugar y la hora
de una muerte o de un nacimiento,
o informar sobre un viaje de ida
o de regreso.
Lo que queda claro
es la puerta de un automóvil que se abre
y alguien sale
y mientras él no consiga subir al autobús que va hacia el Norte
el lenguaje
caerá
debido al vértigo.
El frío intenso del puerto, las calles vacías
y los vientos
nos impiden valorar
el vértigo del lenguaje.
Para el lenguaje
cada poema es causa de una situación como ésta.
Además,
a las once y veintitrés en Helsinki,
nada es especialmente poético
en este rincón del puerto
en el que se prevé una fuerte lluvia
y las nubes grises
se agolpan
bajo la camisa del lenguaje.
Antes del rayo,
antes de la lluvia,
antes de que el lenguaje
llegue al barco
sin tripulación
y sin pasajeros,
debe estar claro
quién estaba en el autobús
con el lenguaje
y por qué está evitando
cualquier pronunciamiento.
A las once y veintitrés,
en Helsinki,
en esos diez misteriosos minutos,
la memoria del lenguaje se enfrenta a algunos posibles accidentes:
diez minutos
en los que un hombre mira el océano en los ojos de una mujer
(para descubrir que está perdido para siempre),
diez minutos en los que se construye el primer beso,
diez minutos en los que cae un puente,
diez minutos en los que la sangre abandona un cuerpo,
diez minutos en los que el nido de gaviotas se desliza en la inclinación de la azotea
hasta el otro lado de la ventana
y llega
a la superficie de la calle:
pero no importa cuánto
el recuerdo del lenguaje
va a ser manipulado por la poesía.
No se puede dar
una imagen clara
de los incidentes
sin esos setenta verbos
que bajaron
del autobús en el puerto.
Ni siquiera está claro que
el viento,
las pestañas,
la nube
o este puerto
pertenezcan
a una determinación histórica
o poética.
El puerto
en los movimientos del barco sin tripulación
y sin pasajeros
se sitúa lejos de la vista.
En todos los camarotes del barco
se oye la voz de un niño.
La caricia del viento
se asemeja a una triste nana:
«El corazón
de la madre
con el niño
y el corazón
del niño
con el lobo
de mar».
Las mareas de este océano
no están relacionadas con la luna:
se refieren
a un millar de niños
sin hogar
que, de cuando en cuando, pisan la cubierta de la nave
y
uno
a
uno
son arrojados al mar.
A las once y veintitrés,
en Helsinki,
el lenguaje se enfrenta a sus incapacidades:
se enfrenta a un hombre que sale o no del coche
en una calle que existe o quizá no,
llega o no a un autobús, a un puerto, a un barco
ya sea en la tierra o en el agua,
en la distancia entre una puerta
y otra
que se abre y se cierra.
Esos diez misteriosos minutos
son una cinta de Möbius
que coloca en el mismo plano el antes y el después,
la profundidad del océano y la superficie.
Mientras este barco avanza con los abrazos rotos
o ese automóvil con los besos inacabados,
un hombre y una mujer, cogidos del brazo, siguen caminando por un sendero forestal
y siempre se detienen bajo el mismo árbol.
Los dos son embriones
mantenidos
en una caja
de madera:
el viento del océano arroja verbos perdidos a [todas las costas.
EN una pequeña habitación de Helsinki,
con una ventana que da a una azotea inclinada
y a los nidos de gaviotas que en ella se deslizan y se pierden,
los ojos de un hombre y una mujer pierden la función de ver:
y es el verbo «ver»
el que se entrega
a la piel
y mira por los poros de la oscuridad
con los dos mil ojos de los mil niños ahogados:
el hueso ve el hueso
y la sangre escucha el tic-tac de un reloj
a las once y veintitrés en Helsinki.
El lenguaje salió del automóvil
para reunirse con su pasado.
Salió con una nana olvidada
que los labios cantan al oído
en ambos lados del océano.
¡dile tú que ha de llover!
(De Sonata en la ceniza, Olifante, España, 2022)
Me miras
y, en la lejanía, una ventana se abre y vuelve a cerrarse.
Me acaricias
y, más allá de la ventana, la lluvia empieza a caer,
y la lluvia cae también sobre mí.
Estás a mi lado
y cada movimiento tuyo
hace que algo se mueva en la lejanía, algo que retorna
y es causa de que algo se mueva también en mí.
Yo nací en el año de tu exilio.
Una mujer construía muñecas dentro de tus ojos.
Las muñecas tenían las formas de tus muertos,
y se sentaban en el alféizar de una ventana
frente de mi rostro.
Una tenía mi sombrero sobre su cabeza
y la otra llevaba puestos mis zapatos.
Yo fui creado con la materia de las pérdidas.
Tú me mirabas
y la lluvia seguía cayendo; caía sobre tus maletas
y en los zapatos y en los sombreros de los muertos.
Ahora te beso y, besándote,
intercambiamos nuestras pérdidas.
*
De cada pérdida nace un fantasma:
la hija que nunca tuve
y está llorando en la azotea;
el poema que nunca escribí
y se convirtió en un mal sueño de papel.
La hija que nunca tuve
lee el poema que nunca escribí.
Está lloviendo en la azotea,
y la lluvia lava el papel y, después, lo desgarra.
El papel se convierte en el sujeto de la pérdida.
Así sucede con mi piel: yo pierdo mi piel
cuando tus manos
no están en mí.
*
Los objetos útiles no deberían repetir sus funciones,
pero el mechero arde,
y la pluma escribe,
y tu memoria invade los objetos.
Cada resistencia debería transformar las funciones de los objetos.
Debería ser posible escribir con el mechero y encender un cigarrillo con la pluma,
o poder ir muy lejos; a un lugar donde los objetos se nieguen a estar en nuestra vida,
como harían tus ojos si me mirasen dentro de esta noche enmascarada por la nieve;
dentro de esta noche en que la nieve arde
y el fuego posee las temperaturas del frío.
*
Una imagen
inicia el viaje,
y el viaje
atraviesa
besos, guerras,
abundancia
y sed.
Tu imagen
es todo lo que es mi partida
sin ser mi destino.
En la distancia entre tú y la imagen
el tiempo se sienta
y nunca se levanta entre tú y yo.
Un día
en el marco de una puerta
nos añadiremos a las ausencias de la imagen.
Atrás, en la ventana blanca
la cortina se descubrirá
y una niña en bicicleta azul
pasará por la calle
y los ancianos beberán sus cafés de desayuno.
Es una mañana fresca.
El mar está gritando.
De Suomalainen Iltapäivä, 2017.
Abismal
Las piedras obstruían el cauce del río. Pescaba con las manos en la ansiedad de los cuerpos, en el oleaje de una cubeta remontando el valle hasta el estanque donde habita la mirada sedienta de los gatos. Sus ojos eran piedras. Los peces, verbo de mis gazeles, se unieron a los cuatro elementos el año del seísmo. Las piedras cubrieron los cabellos de Newton empapados de azogue; el vapor del mercurio envenenaba los papeles, aniquilando a los reyes.
Newton fue la aceleración de los peces en la ansiedad de la cubeta; quería sacar las piedras del río y la tierra pesaba. Sus palabras se convirtieron en peces, en veneno sus cabellos.
Ojos tristes.
Ojos alegres:
cubiertos de musgo, juntos y revueltos, formando los muros de una cárcel donde la segunda ley de Newton es torturada.
Exiliado en la primera ley,
donde no llega la respiración del otro lado del teléfono ni alcanza el manso crecer bajo las lentes de los musgos, sólo la voz de Newton, cristalizada, y los coágulos de sangre sobre la superficie de la cárcel devuelven mi testamento.
El mercurio es la lucha de la eternidad. La piedra es la vida de la tierra en la segunda ley de Newton, edad condenada a la ley de la relatividad de tus ojos aprobada por Dachau y esparcida con el muro de Berlín por la galaxia.
Ojos tristes,
ojos alegres, suspendidos
de los cabellos de Newton, en mi abismo, en el lenguaje. Con el primer beso el lenguaje encuentra una dimensión universal; en la tercera ley de Newton un templo se construye con besos y se desmorona en Hiroshima.
Labios de Guerras Frías.
Labios de Geografías. El mercurio tiembla en el espejo; en mi imagen se hunde la cubeta de agua y los peces se adhieren a los imanes de mi cuerpo. Peces carnívoros. Pequeños peces de estanque que nadan dentro de mis fronteras con ojos de
piedra en el espejo.
Párpados de vacío.
Párpados de olvido.
¡Oh, soledad de Newton en labios de mujer! ¡Oh, vapor de mercurio en nanas maternales! ¡Oh, piedra filosofal y gases lacrimógenos! La noche estalla en lametazos y estatuas de sal. La luna se sacude de pasos de astronauta y el tiempo desborda tus ojos en lágrimas (pesadillas de Newton en mis poemas, filtrándose). Palabras en lágrimas. (Eclosión).
¡Oh, féretro frío del papel!
¡Oh, blanca eternidad!
¡Oh, NIEVE ABSOLUTA!
De Visible como el aire, 2012.