Jaime Londoño
Nació en Bogotá, Colombia, el 23 de agosto de 1959. Es poeta, traductor, editor, y profesor colombiano. Magister en literatura latinoamericana, tesis laureada y medalla al mérito.
Ha publicado los libros de poemas Hechos para una vida anormal, Alquimistas ambulantes, Mago sólo hay uno, Fantasmas S.A., De mente nómada, El secreto de los insectos, Alas de cemento y Las tiendas del girasol. Poemas suyos han sido traducidos a diversos idiomas. Publicó el libro de historia Epitafios: Algo de historia hasta esta tarde pasando por Armero, el libro educativo Competencias escriturales desde prejardín hasta grado 11 y el libro de cuentos Sinapsis delirante.
Ha sido traductor de Oscar Wilde (El alma del hombre bajo el socialismo) y de Aloysius Bertrand (Gaspar de la noche). En el ámbito de la gestión cultural, ha sido jurado en diversos concursos de poesía; coordinador de talleres de poesía para Casa de Poesía Silva, destinados a niños y docentes de los colegios distritales de Bogotá; y, desde 1997, es director del taller de poesía en el parque de Usaquén en Bogotá.
Esta es una muestra de sus poemas:
Vientos de la mañana
Un pájaro sin color y sin nombre
replegó sus alas
y lastimó el único ojo del cielo.
Jean Joseph Rabearivelo
Soy el viento Ietse que te empuja
por las vías secretas del abismo
y te trae fachadas de otros días
para que gocen tus ojos pensativos.
Marcha, marcha a la tumba
y deja de tejer, de corregir pruebas de imprenta,
sólo el hilo del silencio cabe en la hoja del olvido.
Soy el viento Sanahary creador de tu memoria,
al amanecer me asomo a tu sonrisa
y hablo por ti frente a los gestos
que rechazan tu sombra y tu voz
por ser malgache, noble y libertino.
Soy el viento Velo vestido de lamba,
al mudar te embarco en la luna creciente
que navega silenciosa
por el cielo cobalto que te cubre
y te llevo para que cumplas tu destino.
Marcha, marcha a la tumba,
ya no tejas, ya no corrijas pruebas de imprenta,
sólo el verso del silencio cabe en la hoja del olvido.
Soy el viento Ravinala
que te cobija de sombras y lila
para que recuestes tus calles y deudos
bajo texturas de sudor y deseo.
Soy el viento Ratany que te trae el aliento
para que te vistas de padre y
lances a la luz tus poemas como encajes
que adornan la vida y la noche.
Baila, baila sobre la tumba que te aguarda
y ya no tejas, ya no corrijas pruebas de imprenta,
sólo el poema fantasma cabe en el ataúd,
última caja de pruebas.
Rabearivelo, dice brisa en un rincón,
enhebra todos los vientos
en el huso de tu cuerpo,
diseña una copia de nubes sin encajes
y entre hilos de sol y sombra
brinda con cianuro y vuela.
María Mercedes Carranza
María Mercedes Carranza ingiere una pastilla
La luna silenciosa camina sobre las fotos de los poetas,
su brillo ilumina el patio de la casa.
Ingiere la segunda pastilla
Las estrellas revolotean sobre la cabeza
de bronce de José Asunción Silva,
pensativo observa la oficina, el piano
y la habitación donde acarició el revólver.
Ingiere la tercera pastilla
Esquiva las garras que al hundirse en oquedad
reflejan asteroides heridos de cansancio.
Ingiere la cuarta pastilla
Inicia su paseo por la bruma,
canta en la ventana tonadas que recuerdan
la flor marchita del destino.
Ingiere la quinta pastilla
Escucha a los poetas Alzados en almas,
Revista Casa Silva está casi lista,
mañana los niños recorrerán La Casa,
les proyectarán la vida de Silva dirigida por Francisco Norden,
hoy Elvia limpió las fotos de los poetas con alcohol,
el paño blanco conserva el olor del canelazo.
Ingiere la sexta pastilla
La otredad se cuela bajo las puertas,
saltan a su encuentro voces de poetas
que le hablan tras las gafas,
la conversación aletea vivaz.
Ingiere la séptima pastilla
Piensa en Melibea, en las flores que beben de la fuente,
en el patio trasero donde las sendas parten
antes del pasmoso amanecer.
Se recuesta,
observa las cortinas a través de un vaso de whisky
y para de contar.
Vientos de la mañana
Un pájaro sin color y sin nombre
replegó sus alas
y lastimó el único ojo del cielo.
Jean Joseph Rabearivelo
Soy el viento Ietse que te empuja
por las vías secretas del abismo
y te trae fachadas de otros días
para que gocen tus ojos pensativos.
Marcha, marcha a la tumba
y deja de tejer, de corregir pruebas de imprenta,
sólo el hilo del silencio cabe en la hoja del olvido.
Soy el viento Sanahary creador de tu memoria,
al amanecer me asomo a tu sonrisa
y hablo por ti frente a los gestos
que rechazan tu sombra y tu voz
por ser malgache, noble y libertino.
Soy el viento Velo vestido de lamba,
al mudar te embarco en la luna creciente
que navega silenciosa
por el cielo cobalto que te cubre
y te llevo para que cumplas tu destino.
Marcha, marcha a la tumba,
ya no tejas, ya no corrijas pruebas de imprenta,
sólo el verso del silencio cabe en la hoja del olvido.
Soy el viento Ravinala
que te cobija de sombras y lila
para que recuestes tus calles y deudos
bajo texturas de sudor y deseo.
Soy el viento Ratany que te trae el aliento
para que te vistas de padre y
lances a la luz tus poemas como encajes
que adornan la vida y la noche.
Baila, baila sobre la tumba que te aguarda
y ya no tejas, ya no corrijas pruebas de imprenta,
sólo el poema fantasma cabe en el ataúd,
última caja de pruebas.
Rabearivelo, dice brisa en un rincón,
enhebra todos los vientos
en el huso de tu cuerpo,
diseña una copia de nubes sin encajes
y entre hilos de sol y sombra
brinda con cianuro y vuela.
Enjambre pasajero
Del libro El secreto de los insectos
Desde antes que fueras musaraña
se encariñaba el río
con élitros que hablaban de paisajes serenos,
ya se encariñaba con la cigarra que tañía
ecos del huerto llamado misterio
—ámbar de ramas en el viento—.
Si afinas el tímpano
te verás soñando el lento fluir de las termitas.
Desde antes que fueras musaraña
la luz antigua,
la luz de alas y hojarasca ya se burlaba de ti,
de tu modo de verte como trofeo
o solar para sancudos.
Desde antes que fueras musaraña
tu tiempo ya se tornaba andrajo
con la tonada que componían los insectos.
Desde antes que fueras musaraña
el aletear de tus manos lastimeras
batallaba contra hordas de jején
en los campos langarutos de tu alma enardecida.
Desde antes que fueras musaraña
la vida ya fluía por frutos más felices,
como si te guardara la última punzada.
Chinches
Bajo el aire camuflado
portan en sus vellosidades
los aparatos de tortura que dona el comandante,
órdenes con ampollas y roña
para que los capturados canten lo que desconocen.
Junto a las rejas aguardan sacerdotes
para bendecir las condecoraciones
que entregarán los generales a los chinches
por el tenebroso oficio de torturar.
Con sobras de sangre
los guardias anotan las confesiones.
Cuando el viento escribe silvas en la pena,
es que trae gritos de espanto.
Moscas
Cómo revolotean las moscas sobre la comida,
tan sinceras en sus apetitos,
no admiten los estorbos de la urbanidad.
Qué sería de nosotros sin las moscas,
No comeríamos sus larvas en las carnes descompuestas,
ni beberíamos los efluvios de sus lenguas
cuando nos acompañan a tomar la sopa.
Somos tan parecidos a las moscas,
cenamos a la misma hora,
comemos en el mismo plato,
nos gustan las mismas viandas.
Son bonitas las moscas,
siempre vestidas de negro,
me recuerdan los matrimonios elegantes,
las ceremonias fúnebres.
Alas de cemento
Del libro Alas de cemento
Veo suicidas que usan zapatillas de cangrejo
y se deslizan bajo olas de azur como un secreto
que echa a andar los mecanismos íntimos;
veo suicidas que se tornan aeroplanos
y trasiegan de giro en giro
como una voz que lame fachadas tristes;
veo a los que cantan bajo la flor del veneno
nocturnos ritmos galopantes
y silban geometrías como trombas
que tienen sed de papalotes;
veo a los que llevan en la mano
la soga que eriza el viento,
para convertirse en suvenir de vías clandestinas.
Los veo en vitrales de visos diletantes
apaciguar la sed de los vivos
con sus alas de cemento bien extendidas.
Epístolas volátiles
Los suicidas dejan cartas
sobre nubes pasajeras de poesía,
predicciones sumergidas
que tallan los ojos.
Los lectores imaginarios que llevan a cuestas
no leen esas misivas.
Los hálitos de figurados meses
hablan de la lejanía feliz,
de vecindarios florecidos como el alba
en calles que se tornan polvo.
En esas cartas corren voces que gotean,
pájaros de barro que cuelgan
del oído para entonar borrascas.
Las cartas de los suicidas son espejos.
Si te aproximas a sus cristales,
en tu cara se oirá la voz de la corista
que sólo canta en la otra vida.