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Pedro Arturo Estrada (Colombia)

Por: Pedro Arturo Estrada

 

 

Antioración

Que la vida me agarre confesado
boca arriba del miedo
aleteando en el azul

Una sola canción
una palabra sola
—dioses desconocidos
cantaré para vosotros

No pido ningún cielo
No ignoro vuestro infierno

Solo este instante es mío
No lo carguéis de eternidad

Dejadme ir cuando quiera
No me atéis
No pidáis mi fidelidad

—Mi fe última

Esa apenas me alcanza
para el día.

 

Silencioso horror

De los días que uno tras otro
no fueron la vida 
—que estuvo siempre en otra parte

Del camino que no elegimos
La dicha que pudo haber sido y desdeñamos

La verdad no vista a tiempo
La mano que no se tendió
y hubiera salvado algo

De la vieja costumbre de creernos a salvo
porque vuelve la luz a los ojos abiertos 
mientras duerme lo informe bajo techo

Rostro del horror escondido en la belleza          
—La misma luz de lo amado.

 

Permanencia

Permanecerá sólo la devastación
La pesadez del cielo
en la pupila fría
 
De la tierra ascenderá entonces
el reclamo de lo muerto
La lengua del fuego imprecando
la masacre de los delfines
el desuello vivo de los pequeños
habitantes del bosque
la tortura del aire y del agua
cuyas voces ya habrán gritado
su sentencia inapelable

Permanecerá sólo la cuenca ávida del desierto
El vuelo rasante de la hoz
sobre los trigales del universo

Y en el fondo de toda la memoria
de unos dedos a cuyo roce
hubieran girado de otro modo
los goznes de la realidad

Las yemas de esa penélope del sueño
tejiendo y destejiendo una imposible
—belleza.

 

La sola gracia

No obstante, el instinto
de asirnos a los bordes

De mantener la calma
frente al vértigo

La ingenua obstinación
por otro mundo
soñado en el vacío
 
Esta red de creencias
deshecha por el viento
llamada realidad

La gracia de fingirnos
habitantes del aire

Son el único triunfo
—todavía. 

 

Fue un día azul


Un día por fin azul, tan azul, para respirar y dejar salir el moho debajo de la carne, el aterido huésped, el enlutado, el salitroso. Para desenrollar el tapete, ventilar la memoria, sacudir el silencio, poner al sol las venas, desempolvar la sangre. Un día tan perfectamente azul que dio un poco de temor quedarse tan vacío en el parque, arriesgando el ojo, la blandura del alma al mediodía. Que dio también gusto ver saltar los peces atrapados tras los ojos de las muchachas, el deseo que sudaba a chorros en los tan puros poros de sus piernas. Tan azul el día como era azul en las películas italianas y en las heladerías de los setentas cuando todavía no había internet. Tan azul como el primer día del cielo y el renacido sueño de los inocentes. Tan azul como la ausencia del ángel, como la ciega soledad que volverá cuando todo se desfonde, cuando asome a tu puerta un día negro.

 

Un día después de nunca


Nadie fue a ver el sol corriendo fuera ya del sueño, ni echó agua al fuego, ni batió el chocolatico para el fatigado viajero en tanto los rezanderos,
precisamente ese día, no habían sazonado su hostia. Nos acodamos ante el desastre excepcional, patidifusos, mientras el aire temblequeaba y se
venían abajo los balcones del buró, y se santificaba la gallina para el papa y armaban su fiestita los vecinos. Clara fue de toda claridad la decepción
inminente porque un día más, una semana de encumbramientos y abajamientos súbitos no la resistiríamos de tan buen grado. Sin embargo,
fue entonces cuando apareció en la primera plana el rostro de cada uno soñado y definitivo en la muerte, y la anunciada paz del vaciamiento, del
frenesí absolutorio sin trompetazo ni resurrección posible.          

 

 

EL BANQUETE

 

Algún día la vida
será tan insípida como un vino aguado.
Algo viejo, algo rancio arruinará el banquete
de los soñadores venidos de todos los rincones.
El cansancio habrá invadido los ojos, las bocas,
las manos de los comensales, un ligero vértigo
aflojará los gestos. Nadie sin embargo
osará levantarse, permitirse la grosería
de un eructo, una arcada, ni siquiera una tos
o un carraspeo desatinado en mitad del silencio.

Y la tensión acumulada que sin remedio
hinchará los cuerpos hasta lo insoportable
reventará en la felicidad demente
por siglos mantenida a raya.

Se beberá del vino azul de un tiempo
disputado a las lágrimas, se hartará
la vida de la vida misma…

Pero los poetas, ah, los poetas
volverán a abrir las puertas
a las fieras.


Pedro Arturo Estrada Ha publicado los libros: Poemas en blanco y negro (Editorial Universidad de Antioquia, 1994); Fatum (Colección Autores Antioqueños, 2000); Oscura edad y otros poemas (Universidad Nacional de Colombia, 2006); Suma del tiempo (Universidad Externado de Colombia, 2009); Des/historias (Cuadernos Negros Editorial, 2012); Poemas de Otra/parte (Cuadernos Negros Editorial, 2012); Locus Solus (Sílaba Editores, 2013); Blanco y Negro, nueva selección de textos (Letera Ediciones, NY, 2014) y Monodia (Letera Ediciones, NY, 2015). Es premio nacional Ciro Mendía en 2004, Sueños de Luciano Pulgar en 2007, Beca de creación Alcaldía de Medellín, 2012 y Casa Silva, 2013, entre otros. También ha participado en distintos festivales y encuentros de poesía en Colombia y E.U. Ha sido coordinador de talleres literarios con el Ministerio de cultura y algunas instituciones educativas del país. 

"En Pedro Arturo Estrada la escritura es señal de un límite, una dureza, una imposibilidad. No hay en ella abundancia, fluidez verbal, destreza del estilo. Pero marca, incomoda, incluso incordia el ánimo. Es una escritura seca, sin artificios que, sin embargo, da cuenta de una experiencia del mundo, de la vida a veces precaria, desesperanzada y burda que le ha tocado hacer. Pero algo en ella nos retiene, mantiene cierto atractivo por la sobriedad y contundencia de sus imágenes, por la belleza de lo que dice sin pretensiones. Desde sus Poemas en blanco y negro, Fatum, hasta Oscura edad y otros poemas como también en Poemas de Otra/parte, un mismo aire de incertidumbre y lucidez, soledad y vacío, insatisfacción y silencio se mantiene visible."—W. Valencia.

Actualizado el 2 de mayo de 2017
Publicado en agosto de 2010

Última actualización: 03/02/2026