Renée Ferrer (Paraguay)
Por: Renée Ferrer
Poema inédito
El ocaso del milenio
Llueve sobre el perfil de los siglos y las piedras inmutables,
sobre el ocaso del milenio y las ondas cambiantes del mar,
los ríos infatigables reafirman su vocación bajo el diluvio.
Con la persistencia del hornero
se escurre el barro disolviendo el tiempo.
El agua empapa una imprecisa sensación de permanencia,
un tamborileo angustia los pechos,
desde el abrazo de los valles se desarma el humo de los ranchos
y la alegría germinal de los encuentros
y la indiferencia de las muchedumbres que transcurren sin dejar
| remitente. |
Por las mejillas del orbe fluye el tiempo.
Sordas ráfagas nimban el aire con una aureola de peregrinación
| en sandalias |
las llanuras se han vuelto un regazo donde se acurrucan el
| acompasado soliloquio del agua |
y en un atajo,
donde el sol dora los huesos insepultos,
se escucha un rumor de confesionario,
un milenario entrechocar de huesos.
Los huesos insepultos silban como un protesta que se escurre
y se reitera
en una flauta calcárea.
En otra latitud se empapa una montaña en traje de violetas
y en las antípodas
las palmas sacuden sus pañuelos como si estuvieran a punto
| de partir hacia el destierro, |
hacia el lento camino del destierro.
Llueve sobre las ondas del milenio y el ocaso del mar.
Un perro se refugia llevando la carga de una multitud sobre
| los flancos amenazados de muerte prematura, |
aguardando la abdicación del diluvio los pájaros esconden
| sus picos bajo la almohada tersa de sus alas, |
un continuo raudal crece y crece con todos los llantos del planeta.
Embozado en un manto de agua deambula el tiempo a
| través del planeta. |
Desde las puertas entornadas del universo se escucha el
| el estertor de las estrellas, |
el Ojo omnipotente se vuelve hacia la tierra
- diminuta manzana en el jardín celeste -
observa las ruinas de los campos de muerte,
el hongo impío que sentenció sus pupilas.
La lluvia aminora ¿aminora? el pestífero olor del ultraje,
los valles chorrean vestigios de ignominia,
los hombres,
las mujeres y los niños
tiemblan a la intemperie a merced de la ignominia.
El agua corre sobre los mercados donde se mezclan los
sabores, los gritos, la risa frutal de las mujeres,
un olor a fritanga sazona la vida llenando las horas
| de frondosa alegría |
exorcizando la incierta distancia de la muerte.
Llueve sobre el perfil de las piedras y los labios del milenio.
Sobre las tribus a las cuales les mataron los dioses,
contra el vuelo del picaflor en el ombligo del mundo,
a través de los árboles destituidos de la primavera,
entre el hierro de las torres que escupen su vómito negro
| con el entusiasmo del descubrimiento. |
La lluvia se empecina sobre los años encorvados
y la ira de los impotentes
y la anguria de los insaciables
y la pasión de los enamorados que salieron a pecar
| rabiosamente por la siesta |
y los zapatos rotos
y el éxodo de los que se alejan hacia ninguna parte con el
| estigma de los desheredados. |
Una jornada torrencial limpia el ceño envejecido de los
| niños mendicantes, |
y los ojos pintarrajeados de las mariposas de la noche que
| sueñan con un salvador, claro amante, dragón verde |
barriendo con sus alas
a los traficantes de la vida
a los que negocian con la muerte.
El tiempo llora con una paciencia de estrella desconsolada,
inunda la huella de una procesión milenaria,
el traqueteo de los tranvías en desuso,
la estela de los cohetes interplanetarios,
y el plástico que amordaza el canto del manantial
y los perversos polvos del ensueño.
La perseverancia del torrente lava los barrios donde
| enronquece el saxo, |
las esquinas de los ghettos donde se desvela un violín,
el rasgueo de una guitarra sobre los mandiocales ateridos de
| frío, con el relente temblando aún en sus hojas. |
Y los huracanes que violentan las puertas en costas
| indefensas, |
y los senos desbordando el celuloide y los daguerrotipos
| con bigotes |
y la presión de los dedos que reparten vida y muerte
y el mapa de los itinerarios estelares
y el arco que tensa la sangre revirtiendo la Historia.
En los ojos de un dios atardece el torrente.
El diluvio se ha largado a arrullar la noche con las pisadas
| tenues de su constancia. |
Sobre los muros de la vergüenza persevera el diluvio,
con argamasa de odio se construyen los muros de la vergüenza, una cadena de brazos levanta muros de sangre,
derrumba muros de sangre
sobre los muros abominables de tanto en tanto llovizna una
| esperanza, |
un júbilo momentáneo danza y danza sobre las ruinas del
| oprobio. |
Llueve sobre el perfil de los siglos y las piedras inmutables,
sobre el ocaso del milenio y las ondas cambiantes del mar.
Sobre las lápidas anónimas se vuelca el tiempo,
los náufragos de la vida reciben también el consuelo de las
| aguas, |
como pulpos transparentes se bifurcan los torrentes sobre
| los campos, |
se extienden por el desierto entre dunas y oasis
de alborada en ocaso se empañan los cristales de los cuartos
| donde se entregan los amantes. |
Balas de agua acribillan los rascacielos que hacen sonreír a los
| cometas cuando se ven reflejados a su paso, |
y la huella temerosa del primer astronauta en las pantallas de los
| televisiones |
y la bata de los ricos
y la pistola del suicida
y el lenguaje de los cuerpos frente al fuego
y los esclavos en traje y corbata
y las utopías que tocamos con las manos antes del réquiem.
La lluvia rebosa la corola de una flor incierta,
copa abominable y sublime donde se añeja el zumo de
| nuestra especie, |
dulcemente blasfema,
humanamente perversa.
Todo se lo llevan las aguas.
Nuestras culpas se alejan con su túnica de sombras sobre
| los hombros, |
se pierden tras el derrotero de los astros que nunca retornan.
El diluvio purifica la frente de la tierra,
languidece,
escampa.
Sobre el siglo que se extingue refulge el sol.
Renée Ferrer nació en Asunción, Paraguay en 1944. Es poeta, narradora y doctora en historia de la Universidad Nacional de Asunción. Entre su obra poética, se encuentran los libros: Hay surcos que no se llenan (1965); Voces sin réplica (1967); Cascarita de nuez (1978); Desde el cañadón de la memoria (1982); Galope (1983); Campo y cielo (1985); Peregrino de la eternidad y Sobreviviente (1985); Nocturnos (1988); Viaje a destiempo (1989); De lugares, momentos e implicancias varias (1990); El acantilado y el mar (1992) y El resplandor y las sombras (1996). Libros de narrativa: La seca y otros cuentos (1986); La mariposa azul y otros cuentos (1987); Los nudos del silencio (1988); Por el ojo de la cerradura (1993) y Desde el encendido corazón del monte (1994). Ha sido incluida en numerosas antologías de poesía y narrativa.}