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Festival, “fuerza galvánica” de su público.

Por: Ismaray Pozo 

El 5 de julio de 2025, volé de Cuba rumbo a Medellín convencida de que asistiría a uno de los eventos más importantes del ámbito literario. No solo porque desde unas semanas antes había tenido acceso a su programación, y pude ver su amplia gama de voces de grandes quilates, junto a las que una joven poeta como yo se siente agradecida de coincidir en tiempo y espacio, sino porque así se ha instaurado en la memoria colectiva, en la memoria poética de mi país: El Festival Internacional de Poesía de Medellín, es el mejor del mundo ―decían. Aunque iba con la prevención de quien debe desoír las perfecciones de la experiencia ajena y construir su experiencia propia, la afirmación anterior no tardó en asegurarse. Medellín es a la poesía, lo que Cannes es al cine. Es más, de lo que Cannes es al cine. Puesto que en Medellín no hay distancias entre el público y el poeta, no hay estrellas irredentas al otro lado de las vallas, ni alfombra roja, ni estrepitosos flashes de cámara. Lo que hace grande al Festival es ese espacio vibrante donde público y poeta se juntan y se hacen uno solo. Es un fenómeno literario global, que ya he tenido a bien recomendar a otros poetas del mundo. Atiende a las voces más diversas; fomenta el intercambio en comunidades, en escuelas; es una plataforma para el diálogo, la cooperación, la solidaridad internacional. Lo que hace grande al Festival es la “fuerza galvánica” de su público, el silencio, el respeto al otro. Pero en el silencio pude ver lo insólito: una sonrisa, una lágrima, luego una palabra grata, otra solidaria. Me atrevería a afirmar que por esos días es Medellín una ciudad mejor.


Ismaray Pozo 
16 de octubre de 2025

Última actualización: 15/01/2026