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La creación poética

Por: Stefano Strazzabosco

La creación poética ocurre todo el tiempo, en todo el mundo. No es exclusiva de artistas o poetas, y no precisa palabras: es un brote espontaneo que crece en cualquier ser humano - siempre que sueñe, sienta, se emocione, beba, coma, viva. Incluso los animales, las plantas y las piedras todo el tiempo crean - y destruyen, claro, como los humanos.

Creación es también re-creación: nada nuevo bajo el sol, pero durante el recreo jugamos, descansamos, nos aliviamos y nos reímos, a veces, felizmente. De la misma manera, en una sociedad determinada por el consumo y el dinero, la poesía representa lo que no consume y no se consume, sino enriquece y dura en el tiempo; y corresponde al anti-dinero y a la anti-mercancía, lo que está fuera del mercado y sin embargo, o justamente por eso, vale más que los productos que se compran y venden. Pero no en dólares.

No sólo: de manera aparentemente sorpresiva, cada creación es también de-creación. Recordando el concepto chino de shanzai, que colinda con el inglés fake o el mexicano patito, el filósofo Byung-Chul Han nos cuenta que hoy en día shanzai es cualquier imitación de un producto de marca que introduzca las variantes que se consideren más interesantes y no esconda su falsedad, sino juegue paródicamente con ella, con su ser copia o réplica de algo más prestigiado (Adidos por Adidas, Samsing por Samsung, etc.). Pero el filósofo coreano agrega que el significado original de shanzai es “fortaleza montana”, y viene da la novela china del siglo XV Los bandidos del pantano. Esa novela cuenta cómo un grupo de forajidos (campesinos, funcionarios, comerciantes, pescadores, oficiales y monjes) se reúne en el monte Liang (o pantano de Liangshan) para rebelarse contra el gobierno. De allí que lo shenzai sea íntimamente subversivo, anarquista, libertario, pero que al mismo tiempo - no tanto por el contenido del libro sino por su proceso creativo, que tuvo varias etapas y tiene un origen colectivo -, mantenga también una esencia eminentemente lúdica, y memoriosa.

Octavio Paz escribió que el pintor Gunther Gerzso rasgaba la realidad para dejar entrever su fondo oscuro e innombrable: ese no dicho que nos acecha y funda, también. Las razones tienen siempre mucho de las sinrazones. Las sinrazones de las razones. La oquedad del pleno, el bosque del claro, los pájaros de la paja, la paja del sol, el sol de la lunita, etcétera.

Escribir poesía siempre es un acto compartido, ya que todos estamos conectados. La poesía no existe hasta encontrar a su lector, y sin embargo siempre existe porque tiene a su lector dentro de sí, todo el tiempo, en forma de potencia, límite y deseo - aún cuando se ve forzada a callar durante siglos, como pasó con Lucrecio, que se quedó mudísimo por casi mil quinientos años.

Los pescadores, los albañiles, los campesinos, los carpinteros, los curas, los curanderos, los ejecutivos, los bailarines, los traileros – y los lirios, los fresnos, los ahuehuetes, las palomas, los lobos, las cigarras, las hormigas, las cucarachas etc. - protagonizan la creación poética. El que escribe poesía los escucha, y trata de atestiguar y trabajar su voz, así como el alfarero modela el barro para crear su vasija, quizás pensando en una pera. Para un poeta, vale decir un manipulador de palabras (y silencios), la creación poética es llegar al fondo del lenguaje para intentar expresar, mediante la escritura, lo que el lenguaje no puede decir. Alrededor de ese límite ardiente se sitúa la poesía, la musiquita con letras que desde Homero nos mantiene inefables, aún cuando hablamos. En esa música descansa el sentido más profundo, el que nos hunde y nos condena, el que nos salva y libra: como escuchar leer a Pushkin en ruso y quedarse fascinados, sin entender una sola palabra.

Llegar hasta esa guarida del lenguaje, ese hueco del habla, es entreabrir las puertas que nos llevan al otro lado: al puerto que no existe, según dijo Ungaretti; al puerto que sí existe, según dijo Varela.

La creación poética genera otros mundos, donde los rebeldes, los soñandores y los locos vivimos libremente, sosegados los cuerdos: eso ocurre cada vez que se escribe o se lee un poema, y se percibe su música de encanto.

Cada poema emplea palabras calcinadas, insistió Juan Gelman: porque el fuego de la escritura arde y mata cada cosa, y la poesía siempre nace de un fracaso absoluto. Pero crear también es parir, aunque sea entre dolores: y cada nueva vida significa un amor que no tiene remedio, y empuja hacia el futuro.

Espina negra clavada en mi carne, abre tu pico y cántame bonito, si lo logras: yo estoy loco por ti.


Stefano Strazzabosco nació en Italia en 1964. Doctor en Filología Italiana, Poética y Retórica (Universidad de Padua), ha publicado los libros de poesía: Racconto, 1995; Dímmene tante, 2003; Blister, versión bilingüe español-italiano, 2009; 66, 2013; P. Planh por Pier Paolo Pasolini, 2014; ensayos (sobre Guido Piovene, Goffredo Parise, Giacomo Leopardi, Giordano Bruno, Cesare Pavese, etc.), traducciones (Octavio Paz, Fabio Morabito, Tonino Guerra, Carlos Montemayor, Aurelio Arturo, José Manuel Arango, Juan Gelman, etc.) y el monólogo teatral Tina. Masque sobre/su Tina Modotti (versión bilingüe español-italiano, Sinopia 2007).

Después de trabajar por seis años como Lector de Lengua y Literatura Italiana en el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Italiano de Cultura de la Ciudad de México, vive prevalentemente en Vicenza, Italia, en donde desarrolla su labor de maestro y ha dirigido el festival poético internacional “dire poesia” direpoesia.wordpress.

Última actualización: 14/04/2026