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La palabra es una especie en peligro de extinción

Por: Belén Ojeda

La palabra ha transitado siempre los territorios de lo inasible. Viene de lo oscuro. Avanza, lenta y precisa, hacia el centro más certero, con su carga de sonoridad luminosa en el núcleo, en su peregrinaje guiado por la Vía Láctea.  Amenazada, asciende, sigilosa, desde la raíz nocturna de las cosas. Habita el cuenco húmedo, la vasija enterrada y el útero cósmico del que se nutre. Reconoce su impotencia en el balbuceo, se sabe pequeña ante lo infinito y eterno, entre redes subterráneas y aéreas tejidas en lo invisible. Dictada por la sombra, traduce la luz del instante en su floración exacta. Transparente y nómada, elige sus propios caminos, y así le van creciendo las hojas que atesoran nuestra cultura milenaria.

Pero la palabra es una especie en peligro de extinción. Hace tiempo, cuando viajábamos en su constelación de sonidos y sentidos, nos conducía hacia el delta donde desembocaba, pero ya no hay bifurcaciones. Retrocede ante las emboscadas del poder en  superficies de polaridades falaces. Narciso ha sido condenado nuevamente y ya no se contempla en el agua, porque los bosques fueron quemados y se secaron las fuentes. Ahora, ante su espejo fraccionado, se multiplica en cada instante y en la celda de su soledad, tiene la falsa creencia de comunicarse con todos.

La palabra es una especie en peligro de extinción. Ha abandonado nuestras lenguas disecadas por el olvido. Desaparecieron las ventanas, los faros, las alas, los frutos, las bisagras y los puentes, porque sus sílabas mutiladas han ido quedando en el camino junto a todo lo que ya no podremos nombrar. Tal vez se han evaporado como los cuerpos caídos durante los bombardeos del último genocidio. Recuerdo y misericordia ya no habitan nuestro corazón, porque ignoramos el origen. Olvidamos el silencio de la plenitud y nos hundimos en el vacío infértil. Por eso, henos aquí reconstruyendo nuestros encuentros y abrazos con sus sílabas deshilachadas. La oscuridad tampoco es ya gestación creadora, sino extravío en el laberinto bélico. Alguna ha encontrado refugio entre los árboles centenarios que habían escuchado sus nombres en el silbido de antiguos vientos estacionales.  Otra, extraviada, quedó bajo el barro, la arena o el humus. ¿Pero dónde ha quedado nuestra Humanidad?

La palabra es una especie en peligro de extinción. Después de las grandes destrucciones, migró, descalza por el desierto, con su enorme peso de dioses y cantos para preservar la comunión con el aliento originario  del camino. Molusco azul de un mar huyendo, porque los mercaderes lo han envenenado y ya los peces no se multiplican. ¿En qué momento le fue robado su resplandor sagrado para convertirse en fuego blanco del exterminio? Un estruendo acabó con la escucha polifónica y desde entonces los lamentos errantes  atraviesan el desierto.

La palabra es una especie en peligro de extinción. Refugiada en su propio territorio, quedó atrapada en las cuerdas del laúd, ahora confundidas con un amasijo de vísceras y nervios. Y aunque hemos custodiado sus raíces desde tiempos primigenios, sabemos que Occidente ha sido siempre el lugar del cautiverio donde muere toda luz. Seguimos buscando hasta encontrarla, porque el mundo, en su infinitud, es sólo del tamaño de nuestras palabras. Avanzamos hacia el espejismo de sus círculos concéntricos, hacia su resonancia siempre múltiple y diversa. Ojalá logremos salvarla de las ruinas y sembrarla en algún horizonte desde donde pueda orientarnos nuevamente, pero los perros, en medio de los escombros y la humareda, aún no la encuentran.

Última actualización: 2026-04-23