English

La función de la poesía en nuestro tiempo

Por: Alexandra Nicod

Si tuviera que ponerle un subtítulo a este ensayo sería, sin duda, algo parecido a “Camino hacia la luz o ¿cómo no perder la esperanza?”, ya que es lo que me ocupa todos los días en estos tiempos oscuros que corren y que rozan lo distópico, tiempos que están plagados de guerras injustas, intolerancia, falta de empatía, crispación y crueldad, en resumen, de una pérdida paulatina de la humanidad en el mundo donde la esperanza se revela como un acto de resistencia. Cabe preguntarse si la historia de la humanidad no ha estado siempre afrontando estos mismos retos. Posiblemente, aunque quizás las reglas del juego hayan cambiado. Internet y la IA nos llevan a estar cada vez más desconectados de nosotros mismos y de nuestro entorno y, por otro lado, la crueldad se exhibe de manera perversa y en directo a nivel global fungiendo como un arma biopolitico que quizás no corresponda ya tanto al viejo concepto de la biopolítica de Foucault que decide quien debe vivir sino más bien a la necropolítica de Achille Mbembe que decreta quien debe morir.

¿Cuál es por lo tanto la función de la poesía en nuestro tiempo? Conectarnos con nuestra humanidad, una humanidad en peligro de extinción por todo lo anteriormente expuesto. La poesía sirve como medio para enseñarnos el camino hacia nuestro corazón, el amor, la compasión y la empatía, expresa emociones complejas, genera conciencia crítica, consuela y da voz a los silenciados, promueve la paz y el respeto por la otredad y nos revela incesantemente quiénes somos porque la humanidad sigue siendo uno de los grandes enigmas para nosotros mismos.

Existe otro aspecto fundamental de la poesía que quisiera abordar. La poesía tiene el poder de sanar, de sanarnos. Sanarnos como individuos llevará automáticamente a una sociedad más justa y empática, una sociedad compuesta por personas emocionalmente más maduras, más tolerantes y equilibradas. El poder sanador de la poesía ha ocupado a grandes creadores y pensadores que nos precedieron. El poeta palestino Mahmoud Darwish escribió: Y me digo a mí mismo que una luna surgirá de mi oscuridad. La escritora brasileña Clarice Lispector dijo: Escribo como si fuera a salvar la vida de alguien. Probablemente la mía. George Bernard Shaw, el dramaturgo irlandés, comentó: Usas un espejo de cristal para ver tu cara; usas obras de arte para ver tu alma. Leonora Carrington, la pintora surrealista británica nacionalizada mexicana, expresó: Hay cosas que no se pueden expresar con palabras. Por eso tenemos el arte. Friedrich Nietzsche, el filósofo alemán, decretó: “Tenemos arte para no morir de la verdad”. La escultora francesa Louise Bourgeois afirmó: El arte es una garantía de cordura. Y finalmente, la poeta estadounidense Emily Dickinson declaró: Si siento físicamente como si me hubieran quitado la parte superior de la cabeza, sé que eso es poesía.

Es interesante como los artistas y pensadores en general y los escritores y poetas en particular relacionan el hecho creador con la sanación y la transformación. Y nos podemos preguntar, ¿por qué sana la poesía? y ¿cómo sana la poesía?

Voy a ayudarme con un estudio científico realizado en el mundo de la danza. Los neurocientíficos descubrieron que cuando bailamos juntos la vibración de nuestros cuerpos, corazones y cerebros se sincronizan creando una profunda conexión fisiológica y emocional capaz de activar neuronas espejo que fomentan la empatía y liberan hormonas de vínculo como la oxitocina fortaleciendo así la cohesión social. Nos conectamos desde lo humano, no desde el ego, y superamos el tiempo y el espacio en una especie de transformación que el antropólogo Victor Turner denomina la “liminalidad”. Es decir, durante los ritos de paso o cualquier actividad parecida a ellos, el ser humano pasa de un estado a otro y llega a sentir una comunión con otros seres humanos donde todas las diferencias sociales tienden a borrarse. No importa nuestro color de piel, nuestra etnia, nuestro género, nuestra religión. Nos convertimos en uno. Por lo tanto, cualquier lugar donde nos juntamos para conversar, bailar, hacer música, recitar poesía y escucharnos desde el corazón se puede comparar con un ritual ancestral donde ocurre esa sincronización de los corazones y esa comunión entre humanos. Se comparte un espacio y un tiempo común, hasta una respiración conjunta, y eso en sí es profundamente sanador.

Desde el inicio de los tiempos el arte en general y la poesía en concreto han servido al ser humano como un vehículo para conectarse con sus emociones, expresarse y comunicarse. La poesía es el lenguaje del corazón y al escribir podemos llegar a espacios dentro de nosotros mismos que necesitan ser vistos, sanados e iluminados. Puede resultar doloroso y aterrador profundizar en nuestra consciencia, donde se esconden traumas y emociones complejas, pero esas partes necesitan nuestra luz y al acceder a ellas con amor a través de la escritura podemos sanarnos. Es más, la poesía no sólo sana a los que escribimos, sino también a los que escuchan y leen nuestros versos. A través de la escucha y la lectura somos capaces de acceder a esos lugares ocultos y de conectarnos con emociones difíciles de describir o expresar. La poesía es, por lo tanto, un vehículo de conexión, sanación y transformación colectiva. Nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. Es un espejo en el que mirarse y reconocerse. Gracias a ella podemos acceder a espacios nuevos dentro de nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma y crear puentes de conexión con otros. Nos revela el sufrimiento de los demás, ilumina heridas y detiene hemorragias, usa su voz para expresar los sufrimientos y alegrías de todos y está al servicio de algo mayor. A pesar de toda la maldad y fealdad que existe en el mundo sentimos que lo bueno, lo bello, lo sublime existe ya que nos eleva y nos conecta con todo el universo tal y como lo describe el poeta indio Tagore: "La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos."

¿Qué sería de nosotros sin esa melodía del universo? Imaginémonos por un momento un mundo sin poesía, sin libros, sin cuadernos donde escribir, sin recitales de poesía y asimismo sin música, sin conciertos, sin danza, sin teatro, sin exposiciones ni museos, sin películas ni cines. Nada… Silencio… Al imaginarnos un mundo así, nos damos cuenta de manera más aguda que la poesía y el arte en general, son una necesidad primaria del ser humano. Por lo tanto, es un derecho humano y
como tal tiene que ser reconocido y protegido.

En este mundo donde ocurren cosas terribles es importante aportar otro lenguaje, crear diálogos desde el corazón, tocar la sensibilidad y la empatía de las personas para poder sanarnos como sociedad. A menudo los medios de comunicación nos quieren dividir, creando bandos enfrentados, e intentando que nos veamos como enemigos los unos a los otros, insinuando que hay más que nos desune que cosas que nos unen. Esa división crea enfermedad en todos nosotros y nos convierte en una sociedad sumamente enfermiza. Gracias a la poesía nos reconocemos en el otro. En los versos de los poetas podemos vislumbrar nuestra propia humanidad, nuestra historia y condición humana. Nos damos cuenta que todos sufrimos, todos amamos y todos queremos paz para nosotros y nuestro entorno. Todos somos iguales en nuestra esencia. Todos somos uno. Y todos necesitamos encuentros presenciales y en directo como lo son los recitales y festivales de poesía, en contraposición con lo virtual y digital, que funcionan como ola expansiva transformadora más allá de ese espacio. Una vez que llegamos a nuestras casas con nuestras familias o a nuestros trabajos con nuestros compañeros de trabajo después de haber escuchado poesía, nuestra energía habrá cambiado, una transformación que repercute en todos. Somos energía y cuando nuestra energía cambia, también lo hace la energía del entorno.

La poesía es por lo tanto una herramienta poderosísima para sanarnos a nosotros mismos y a los demás. Una herramienta que necesita ser contemplada en la educación desde la niñez para permitirles a los niños y adolescentes expresarse y poder darle nombre a lo que sienten. Lo mismo ocurre con la lectura. Los libros actúan como mejores amigos, un oído compasivo que nos escucha en cualquier sito en cualquier momento. Nos enseñan otros mundos, otras dimensiones y lugares llenos de misterios. A su vez, nos muestran que no estamos sólos con nuestros problemas, que existen otras personas que sufren y enfrentan destinos difíciles. En las páginas de los libros descubrimos cómo los personajes superan y sobrellevan su sino y sus dilemas. Tener al alcance libros y cuadernos para escribir los propios pensamientos y sentimientos es fundamental para que los jóvenes puedan crecer conectados con ellos mismos, con sus emociones y su humanidad.

Aquí me gustaría hacer un especial hincapié en las niñas y mujeres. La narrativa femenina ha sido silenciada durante siglos y en muchas partes del mundo nuestra voz sigue sin escucharse. Como mujeres, tenemos que expresarnos para inspirar a otras personas ya que el mundo necesita que tanto la energía masculina como la femenina sean una sola y estén equilibradas. Para poder crear una sociedad sana es fundamental que se siga apoyando la integración total de la mujer en ella. Se ha observado que en países en guerra son las mujeres o, digamos, la energía femenina, la que mantiene la vida e intenta superar el odio y el miedo desde el amor. Silenciar la voz femenina es silenciar, por ende, a la mitad de la población y con ello no tomar en consideración las perspectivas, soluciones y contribuciones de lo femenino a nuestra sociedad. Necesitamos que todas las voces vuelvan a ser escuchadas y respetadas.

Quisiera terminar mi escrito tal y como la empecé, con una cita de un artista que nos precedió. La historia, nuestra historia de la humanidad, no es perfecta. Siempre existe y existirá sol y sombra, luz y oscuridad. Los seres humanos estamos llenos de contradicciones, pero se puede y se tiene que aprender tanto de la historia, como de las personas mayores, de los ancianos y sabios, que nos precedieron como del pintor francés Georges Braque que nos regala este pensamiento… El arte es una herida hecha luz. Debemos confiar en esa luz, transformar nuestras heridas en belleza y creer en la posibilidad de un mundo mejor. Los poetas representamos una especie de chamanes, unos sanadores de la humanidad, con una responsabilidad muy grande y un papel fundamental al encarnar un reflejo que muestra lo bello y lo feo y al fungir como un grito que se tiene que escuchar alto y claro. Hace poco, en un recital de poesía, un oyente le dijo a un amigo poeta: “Tu poesía cambió mis moléculas...”. ¡Qué poder tan enorme tienen nuestras palabras! ¡Podemos cambiar las moléculas de otra persona! Y aunque con nuestra poesía sólo cambiemos las moléculas de una sola persona, eso representa un gran paso para la humanidad. Esa persona caminará más sanada y transformada por el mundo creando una pequeña ola expansiva de amor a su alrededor. ¡Cambiemos las moléculas de las personas que nos rodean y alcemos nuestras voces por un mundo mejor, más humano, más justo y pacífico!


ALEXANDRA NICOD es una poeta, dramaturga, directora de teatro, actriz y traductora hispano-suiza nacida en Biel/Suiza y residente en Madrid/España. Estudió Traducción en la Dolmetscherschule de Zúrich (DOZ) y es licenciada en Arte Dramático por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid (RESAD). Ha publicado los poemarios “Deshielo” (Huerga y Fierro) y “Dégel” (L’Harmattan) y es autora de diversas obras de teatro representadas en teatros de Madrid tales como la Sala Nueve Norte, el Microteatro por Dinero o Microescena CentroCentro. 

Última actualización: 30/01/2026