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El poema se niega

Por: Alice S. Yousef
Traductor: Arturo Fuentes

     “Nuestra única patria es el lenguaje”
      
Natalie Handal

Vivimos en una época que todo lo registra y nada recuerda. Una guerra se puede transmitir en vivo y en directo. La muerte de un niño se presencia en tiempo real, se torna contenido y, en segundos, se reemplaza por algo diseñado para incitar a la compra. Es una época de visibilidad y olvido totales, donde la imagen del sufrimiento es tan abundante, que ya no nos exige detenernos. No nos ahogamos en la ignorancia, sino en la información, y, no obstante, nos movemos a través de ella —colectiva, política y moralmente— como si nada hubiéramos visto. Como si nada nos hubiera conmovido. La pregunta sobre la función de la poesía en estos tiempos es una cuestión de ruptura: ¿qué puede aún hacernos detener? ¿qué puede aún hacernos sentir? ¿qué no se ha convertido aún en contenido o noticia?

Mi respuesta, y la doy con toda la convicción de mi vida, es esta: la Poesía.

Soy una mujer palestina. Escribo en árabe e inglés, dos lenguas que conllevan diferentes historias de poder dentro de mí, y he escrito poemas desde que era lo suficientemente joven como para confundirlos con oraciones. Para mí la poesía nunca ha sido un ornamento cultural. Ha sido el lugar al que acudo cuando todo lo demás —argumento, protesta, dolor, incluso el silencio— no ha logrado contener la verdad. El poema es adonde voy, cuando la verdad no cabe en sitio alguno.

Vivimos dentro de sistemas —políticos, digitales, económicos— que son muy buenos procesando el sentimiento para convertirlo en algo manejable. La indignación se convierte en declaración. El dolor se convierte en hashtag. La solidaridad se convierte en un perfil efímero. Estos sistemas están optimizados para la velocidad, y el sentimiento real es lento. Requiere tiempo. Requiere que observes que el cielo es azul. Requiere que permanezcas en algo incómodo el tiempo suficiente para que te transforme. El poema insiste en aquella duración. No se puede ojear un poema verdadero. Aunque lo intentes, una frase te detiene: te atrapa. Se toma su tiempo y te sumerge en él, y mientras estás ahí, eres —brevemente, de verdad— no un consumidor, sino una persona a la que se le pide que sienta algo en plenitud.

Pero la poesía no sólo preserva lo humano en los demás. Preserva lo humano en nosotros: en quienes presenciamos, en quienes sobrevivimos, en quienes permanecemos. Hay una larga tradición en los estudios del trauma, que considera el testimonio como supervivencia, la necesidad de narrar la catástrofe para sobrevivirla psicológicamente. ¡Cuántas catástrofes ha visto nuestro mundo en pocos años! La poesía es testimonio en su forma más pura. Es donde lo inefable no se explica, sino que se habita, donde el hablante dice: Yo estuve aquí, esto sucedió, y aún estoy creando algo a partir de ello. Ese acto de creación —incluso a partir de la destrucción, el dolor, las enfermedades y el trauma— es una afirmación de la capacidad de acción, ante una situación diseñada para despojarte de toda capacidad.

Pienso en Anna Akhmatova, componiendo poemas en su cabeza porque el papel era demasiado peligroso; susurrando versos a mujeres de su confianza, mujeres que guardaban las palabras en sus cuerpos y las sacaban de la ciudad. El poema sobrevivió porque los cuerpos de las mujeres sobrevivieron. Recurro a esta imagen no como historia, sino como enseñanza. Cuando la página se prohíbe, cuando la voz es silenciada, el lenguaje se vuelve clandestino. Se lleva en el cuerpo, se transmite entre las mujeres en las cocinas, en los campos de refugiados, en los pasillos de los hospitales. Viaja de formas que no se pueden controlar ni monetizar. Y no es una metáfora. Es lo que hace la poesía.

El poeta palestino Zakaria Mohammed, escribió que la poesía es la única arma que no mata y la única herida que sana. En lo que quiero centrarme es en la herida que sana, porque sanar no significa que el dolor haya desaparecido. Significa que el dolor ha adquirido una forma. Y una forma es soportable. Una forma significa que alguien estuvo presente, atento a la verdad de lo sucedido, negándose a que se disolviera en abstracción. El poema es donde le damos forma a la herida.

Hay otra cosa, más difícil de articular, acerca de lo que la poesía ofrece en tiempos de violencia: ofrece forma. La guerra es informe. Es ruptura, caos, la destrucción de las estructuras con las que nos desenvolvemos en la vida. Un poema impone forma. Incluso un poema en verso libre, elige: sobre los saltos del verso, sobre el silencio, sobre qué incluir y qué omitir. Ese acto formal, por mínimo que sea, es una especie de ordenamiento ante el desorden. Es una demostración, hecha con  el lenguaje, de que el significado aún puede moldearse a partir de la experiencia; de que todavía hay alguien aquí dándole forma.

Esto tiene importancia política. Cuando la muerte y la maquinaria mediática transforman a las personas en números, el poema ejerce un acto contra la violencia: nombra. Insiste en lo particular. Esta mañana. Una mujer. Un niño corre por un campo de trigo. Esta cualidad específica de la luz. en un día que no volverá. Esa insistencia —granular, obstinada, resistente a la abstracción— no es meramente estética. Es ética. Nombrar a una persona por completo en un poema, es afirmar que no se la puede perder. Es decir: esta vida no era datos, ni píxeles, ni reels, ni redes sociales. Sucede lentamente; en lo cotidiano hay una vida.

Enseño escritura creativa, a menudo a gente que no se consideraría necesariamente escritora; personas con experiencias para las que aún no han encontrado palabras, personas que llegan disculpándose por su inglés o por su árabe, o por escribir después de todo. Muchas escriben en su segunda lengua. A muchas se les ha hecho sentir que su idioma es un instrumento inferior, que todo lo que escriban siempre será una versión reducida que podría “desplazarse” y perderse en la fugaz atención de los clics y los “me gusta”. Pero lo que atestiguo, una vez más, es algo distinto: que el acto de escribir en sí mismo —en cualquier idioma, en un idioma fragmentado, en búsqueda de respuestas o híbrido— es un acto de rechazo. Un rechazo a guardar silencio. Un rechazo a desaparecer. Un rechazo, a sucumbir a la facilidad de la tecnología, mucho más artificial y menos auténtica.

Escribo poemas porque sigo aquí, lo cual no es un hecho simple. Escribo porque el árabe contiene cosas para las que el inglés no tiene cabida, y me niego a dejarlas en el umbral de mi corazón. Escribo porque mi madre hizo un sonido cuando tuvo miedo, un sonido para el que nunca he encontrado una palabra en ninguno de los dos idiomas, y la sigo buscando, y esa búsqueda es un poema. Escribo porque el silencio nunca ha sido neutral para una mujer como yo; siempre ha significado la victoria de alguien más: un hombre, un recuerdo, una herida. Y escribo, porque cada mañana que creo algo, incluso algo pequeño e inconcluso, realizo un acto en el que todo lo que la vida puso en mi contra no logró impedir mi existencia.  Estuve aquí. Hice esto. No puedes devolverlo.

El papel de la poesía ahora no es consolar. No es embellecer. No es proporcionar una experiencia cultural refinada para quienes pueden permitirse el refinamiento. Su rol es devolvernos —frente a la presión de esta era acelerada, saturada de imágenes y que seda el dolor— el peso pleno de lo que significa estar vivos en un cuerpo concreto, en un lugar particular, en este momento singular, insoportable y necesario. Su función es hacernos detener. Hacernos sentir. Hacernos por un instante humanos de nuevo, en un tiempo que intenta, con gran eficacia, convertirnos en otra cosa.

Eso es lo que creo. Por ello escribo. Y por eso la poesía no es un lujo, ni un pasatiempo, ni la reliquia de una época más pausada. Es el último grano de arena en la rueda de una máquina que aún no ha aprendido a procesar, literal y figuradamente. Ha ayudado a guiar, consolar y crear a través del tiempo y de las generaciones. No puede terminar aquí.

Sigue siendo nuestra. Deberíamos usarla.


Alice S. Yousef nacida en Jerusalén el 9 de diciembre de 1990, es traductora, bloguera, investigadora y poeta palestina. Ha publicado relatos cortos, poesía y traducciones literarias. Su obra se encuentra en varias revistas en línea, incluyendo Twopoetswrite y VisualVerse. Obtuvo un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Warwick, Reino Unido en 2014, y fue miembro del Programa Internacional de Escritura en la Universidad de Iowa en el año 2016. Actualmente trabaja en su primer volumen de poesía.

Última actualización: 2026-05-12