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Una visión

Por: Pedro Arturo Estrada

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Aun cuando la poesía no obedece siempre a los dictados de la razón, y tampoco se ajusta a nada programático, es verdad que casi siempre llega a definirse en uno alrededor de ciertas  “ideas” ciertamente vagas, un tanto oscuras que luego, derivan en sentimientos o incluso en emociones también más o menos confusas. Por eso para mí, la poesía está ligada desde el comienzo de mi vida a la noción de extrañeza absoluta ante el mundo, algo que para otros puede ser sólo asombro o perplejidad. Desde esa noción la vida gira entonces hacia un estado de conciencia altamente sensible que descubre, por igual, tanto la dimensión maravillosa y casi fantástica de esa vida, como su polo opuesto, su lado oscuro y absurdo, su vacío, su desesperanza. En esos territorios, tal vez sin proponérmelo abiertamente, he visto nacer y crecer mis poemas durante los últimos cincuenta años. Pero también, de alguna manera, todo ello se ha acompañado por la voz del hombre que se ve vivir y luchar entre otros, como parte de un sueño mayor, una realidad que va más allá del sí mismo, de los límites de un yo tan precario y frágil. Reconocerme en esa fragilidad, esa precariedad, ha sido también para mí, digamos, una especie de fortaleza. La poesía se convierte desde ahí en una manera de estar, de permanecer, de asumir y comprender mejor lo que soy y lo que el mundo es en mí.

 

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Después de esa confrontación en lo hondo, desde esa conciencia de irrealidad, de extrañeza, de absurdidad (la misma conciencia de absurdo planteada por Kafka, Pessoa, Camus, y luego por Bernhard, etc.) solo queda resistir, mantenerse de este lado. La poesía hace posible esta última opción, y desde luego, nos obliga a habitar el mundo con los ojos abiertos. En tal sentido es muy cierto lo dicho por René Char: “La poesía es la más alta y dolorosa lucidez”, y como tal, se constituye en salvación o condena, según quiera uno interpretarlo. Más acá de esa disyuntiva es preferible para mí aceptar “la dulce melancolía” que proponía Victor Hugo, como parte de la existencia, que no impide el goce de la belleza, incluso efímera de las cosas y aceptar sin grandes gestos, con sobriedad, lo que el día ofrece, el privilegio azaroso de estar presentes, de poder “sentir el viento pasar”, como decía Caeiro.

 

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La literatura y, en esencia, la poesía, son nuestras mejores armas contra el vacío, contra la angustia de sabernos mortales, efímeros y aun, definitivamente banales, inermes ante la realidad que está sobre nosotros. La poesía no es sin embargo, un consuelo, un paño de lágrimas como a veces se cree. Por el contrario, ella mantiene abierta esa “herida fundamental” de la que hablaba Alejandra Pizarnik, aunque ella misma pensaba que el poema podría reparar tales fisuras. Ese estado de emergencia del ser, de crisis permanente, es lo que expresa para mí la poesía más honda, la que me seduce y posee. El día que la ciencia, como ya ha empezado a hacerlo, logre “curar o aliviarr todos los desasosiegos, todos los miedos, los dolores humanos, ese día la poesía resultará más superflua que nunca, me atrevo a pensar. Sin el acicate de lo incierto, la eterna insatisfacción, el desasosiego interior la vida se convierte en un perfecto desierto, en un “paraíso de mermelada” insoportable como escribió también el pensador colombiano Estanislao Zuleta. No obstante, hay un momento en que el sueño de la perfección se hace también posible y demasiado humano, pese a la conciencia del fracaso anticipado, de lo terrible habitando todos los sueños humanos. El ángel rilkeano está siempre presente y ante él nos postramos o contra él luchamos siempre, según sea la fuerza o el deseo de nuestro corazón.

 

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Mi yo íntimo es tan ficticio o tan “real” para mí, como mi yo lírico. El rimbaudiano “Yo es otro” creo que expresa esa percepción, aunque después de Rimbaud, la despersonalización del lenguaje poético se hizo más dramática que nunca. Él y Fernando Pessoa son para mí  modelos de esa despersonalización que multiplica, potencia ad infinitum las posibilidades de una experiencia de totalidad, desde un lenguaje  consciente tanto de sus límites como de sus poderes, un lenguaje hiperestésico, pleno de tensiones, de resonancias intertextuales aún vivas en muchos de los poemas actuales. En mi caso personal, no creo mucho en el “carácter” explícito de mis visiones, de mis fantasmas, de mis obsesiones. No hay una voluntad de definición, de concreción en ellas. Son apenas quizá, máscaras, sombras, reflejos de eso que en el fondo, sueño o creo ser. Aunque como ya he dicho, todo esto se acompaña con la voz que procede de las cosas, los hechos, las manifestaciones cotidianas del mundo que vivo concreta y llanamente también.

 

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“Monodia”, un término prestado del lenguaje musical con el que he titulado un libro de hace diez años, expresaría esa voz monocorde que anida en toda mi poética, una voz monologante que procede no solo de mi entraña sino también de la entraña de la realidad, si así pudiéramos decirlo. La voz a veces inaudible que llena nuestras horas más fútiles, nuestros días más vacíos, nuestros silencios aparentes, esa voz desnuda, obsesiva y desprovista de  retórica que en últimas acaba por vencer, como decía Antonio Porchia, incluso la propia palabra, el propio decir. Quizá sea la voz misma de la poesía, esa monodia reiterativa y avasallante que todos oímos al fondo de nosotros sin prestarle a veces la atención que merece.

Envigado, 2026


Pedro Arturo Estrada nació en Girardota, Colombia, en 1956. Ha publicado Poemas en blanco y negro (Editorial Universidad de Antioquia, 1994); Fatum (Colección Autores Antioqueños 2000); Oscura edad y otros poemas (Universidad Nacional de Colombia, 2006); Suma del tiempo (Universidad Externado de Colombia, 2009); Des/historias, 2012; Poemas de Otra/parte, 2012; Locus Solus (Sílaba editores, 2013); Blanco y Negro, nueva selección de textos (NY, 2014); Monodia (NY, 2015); Canción tardía (Amazon, 2020), Edad de hombre (Antología, Medellín, Nuevas Voces, 2020); Quién juntó la ceniza (Antología, Bogotá, Shehasts editorial, 2020); Palabras de vuelta (Editorial Universidad de Antioquia, 2020), Morir al Sur (Virtual, Medellín, 2022) y Escribir el vacío (Ediciones Verso Libre, Medellín, 2024). 

Recibió el Premio Nacional Ciro Mendía en 2004, el Premio Los Sueños de Luciano Pulgar en 2007, Beca de creación Alcaldía de Medellín, 2012, de la Casa Silva, 2013 y Beca del Ministerio de las culturas, 2023 entre otros. También ha participado en distintos festivales y encuentros de poesía en Colombia y E.U. Sus textos se recogen en algunas antologías nacionales y del exterior, con traducciones al inglés, rumano, portugués, árabe y francés, entre otros.

Última actualización: 09/04/2026