Apenas un lugar de paso
Por: Isilda Nunes
No sé dónde comienzo.
Ni dónde termino.
No escribo para explicar el mundo. Escribo para eternizar lo indecible. El poema no me pertenece. Me posee. Me atraviesa.
Soy sólo un lugar de paso.
Mi alma no tiene fronteras. En mí reside un templo, que no es solo mío. Un espacio interior, simultáneamente íntimo y cósmico.
En ese sagrario silencioso retorno a un origen más antiguo. Un mundo uterino. Al agua primordial donde todo comienza.
Gotas caen de un techo invisible, como si una memoria anterior al universo todavía respirara allí. En ese océano, el lenguaje aún no está hecho de palabras. El pensamiento todavía no tiene forma. Respira en la penumbra del ser.
Tal vez la creación poética comience en ese umbral. Entre el silencio y el verbo. Entre lo que me atraviesa y aquello que soy, en el intento de escuchar el cosmos. De traducir la respiración de los dioses.
Tal vez ellos todavía nos habiten.
Tal vez Mnemosine flote por los corredores invisibles de este templo. Ella sabe que todo poema es más antiguo que el poeta. Viene de la noche de los tiempos. De aquello que permanece escondido en el alma del mundo.
En el silencio de mi sagrario, suspendida entre mí y las galaxias, aprendo a escuchar lo imperceptible. Allí, crear no es un acto común. Es silenciar. Meditar. Comulgar.
Allí, navego entre las mareas invisibles del pensamiento y recojo el aliento del universo, como quien atrapa en el aire semillas de diente de león sopladas por las Pléyades.
Cada pensamiento que sorbo es un vestigio de la memoria del mundo. Un sorbo del inconsciente colectivo que me embriaga y seduce. Él me posee por completo y me siento una con él.
Me limito a guardarlo en la palma de la mente antes de que la musa del silencio lo reclame de nuevo para el cosmos. Escribo así, como quien recoge filamentos. De luz. De dolor. De sonido.
Porque escribir no es inventar. Es acariciar. Es amar. Es acoger los fragmentos del poema, aún amputado, y darles vida.
Pero antes de la vida hubo agua. Antes del pensamiento hubo inspiración. Antes de todo hubo el verbo. Tal vez por eso el poema nazca como un parto. Un grito antes de la voz.
Y Apolo, dios de la luz y de la forma, enseña a la palabra a respirar. Pero pronto Dionisio sopla sobre el poema. Y todo se arrebata. El orden vacila. La cadencia se embriaga. Porque la creación poética reside en ese conflicto antiguo. Entre la razón y el éxtasis, entre la forma y el precipicio. En ese instante en que la voz aún no es voz. Pero ya es grito. Pero ya es vida.
Escribir es caminar en ese puente. Heráclito decía: todo fluye. El poema también. Es como un río. Nunca es el mismo. Como yo. Cada palabra desvía el flujo y aprendo a viajar en esas aguas movedizas. Y se presentan otros paisajes.
No escribo desde la razón. Escribo desde la emoción. Ella es la llave de mi templo. A veces con luz. A veces con dolor. Porque el dolor es un alquimista. Transforma. Regenera. Lo que parecía silencio se vuelve melodía. Lo que parecía muerte se vuelve metáfora. Nunca escribí contra el dolor. Escribí transversalmente a él.
Friedrich Nietzsche afirmó que hay que tener caos dentro de uno para dar a luz una estrella danzante. Me reconozco en ese desorden ordenado, donde energías invisibles se entrelazan. La filosofía es mi compañera en este sendero. No como doctrina. Como interrogación.
Platón sabía que el lenguaje intenta tocar lo que está más allá de él. El poema intenta lo mismo. Trasciende el umbral de lo inefable. Allí viaja. A veces terrible. A veces iluminado. Escribir también es un acto de comunión. Nunca un proceso aislado. Hay seres de otras épocas y latitudes que me atraviesan y me habitan: filósofos, dioses, poetas.
¿Cuántos soy? / ¿Cuántas almas tengo? / No sé. / Vivo entre tiempos, entre espacios, entre mundos. / No sé quién me escribe. / Quién me piensa. / Quién me habla. / Soy ellos. / Y ellos reviven eternamente en mí. / Girando a mi alrededor en danzas convulsivas que me aturden. / Entre ellos y yo existe una puerta entreabierta / que quizá olvidé cerrar. (Soy, 2013)
Pero también hay dolores del mundo que me gritan y me atraviesan como cuchillas. Me impulsan a ser la voz de quienes no tienen voz. Entonces me convierto en receptáculo. Cáliz. Lugar de sacrificio.
¿Hay salvación en la inmolación de las ciudades calladas? / ¿Tu voz se silenció por agotamiento o por miedo? / Y ahora, ¿quién da voz a los que no gritan? (Liturgia, 2026)
Soy todos los partos del mundo y el éxtasis de las primaveras. (Psyu, 2015)
Y también sobre mí descansan voces del futuro. Entonces el poema se vuelve profecía.
Y el niño / sí, siempre él, / dibuja una paloma en el suelo, / con las cenizas de todos los sueños. (Liturgia, 2026)
Tal vez el tiempo no sea ese umbral que concebimos. En el presente, los tiempos se entrelazan. El pasado respira en el porvenir y el futuro regresa a la cuna.
Voces y más voces. Todas atraviesan la misma página. Y yo soy sólo un lugar de paso.
Por eso siento que el poema no me pertenece. Desliza por mí como el viento. Como un relámpago. A veces basta una palabra. Sólo una. Porque la intensidad no necesita más. El relámpago transforma la noche en luz. Y dura apenas unos segundos.
Así también el poema. Una pequeña luz, supuestamente frágil, capaz de ser faro. Porque la poesía recuerda a la humanidad que existe algo más allá de la crueldad. Existe profundidad, amor, misterio, belleza.
Y, así como Prometeo pasó el fuego a los mortales, el poema, cuando es verdadero, transfiere esa llama de un ser a otro. Religiosamente.
Parir un poema es iniciarse en ese misterio. Tal vez eso sea la creación poética. Un tránsito entre el silencio y la palabra. Entre el dolor y la transformación. Entre el caos y el orden. Entre el pasado y el porvenir.
Y cuando el poema hace de la página su hogar definitivo, el misterio permanece, obstinadamente suspendido en la duda eterna.
¿Fui yo quien lo escribió o fue el cosmos quien encontró en mí su voz?
Es una artista y escritora portuguesa premiada en muchos países. Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas y publicados en varios países de todos los continentes. Es coautora de unas sesenta antologías nacionales e internacionales y autora en solitario de poesía y prosa. Ha participado en programas de radio y televisión, ferias del libro y festivales literarios en Portugal y en el extranjero. Fue coorganizadora de eventos literarios nacionales e internacionales. Recientemente obtuvo los siguientes reconocimientos: Premio Kairat Dusseinov Parman 2020; Premio César Vallejo 2020; Grito de Mujer Lisboa 2021; Premio Águila de Oro 2021; Escudo de Plata 2021; Premio Latinoamericano a la Difusión Educativa, Literaria y Cultural 2021; Premio Huang Yazhou 2021, y Premio Mihai Eminescu 2022.