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Mirar, respirar, hacer palabras.

Por: Cenedith Herrera Atehortúa

En todo ejercicio de escritura la mirada ocupa un lugar de privilegio. Antes de que exista el poema, antes incluso de que aparezca la primera palabra sobre la página, ha ocurrido ya un acto silencioso: el acto de ver. La poesía comienza allí, en esa atención profunda que el poeta dirige hacia el mundo. Ver no es solamente registrar lo que está frente a los ojos; es detenerse en las cosas, reconocer su misterio, permitir que aquello en apariencia ordinario revele una dimensión inesperada. En este sentido, la creación poética nace de una forma particular de mirar, una mirada que no se conforma con lo evidente y que busca, en cada rincón de la realidad, una chispa de significado.

Ese mirar es el resultado de un trasegar por el mundo. El poeta no escribe desde un vacío, sino desde la experiencia: la infancia, los paisajes recorridos, las voces escuchadas, las pérdidas, las preguntas, las pequeñas epifanías cotidianas. Cada uno de estos encuentros va formando una sensibilidad que lentamente se afina. La poesía surge cuando esa sensibilidad alcanza un punto de intensidad tal que exige convertirse en palabras. De algún modo, el poema es la respuesta a una acumulación de vivencias que buscan un cauce para expresarse.

Sin embargo, la experiencia del mundo no es el único camino que conduce a la creación poética. En ese mismo trasegar aparece otro territorio fundamental: la lectura. Antes de ser poeta, se ha sido lector. Y no un lector cualquiera, sino un lector de poesía. La tradición literaria se convierte así en una especie de conversación silenciosa entre quienes han escrito antes y quien ahora intenta escribir. Cada poema leído deja una huella, una resonancia que amplía la sensibilidad del lector y le muestra nuevas formas de percibir y nombrar la realidad.

Leer poesía es aprender a escuchar el lenguaje de otra manera. Los poemas enseñan que las palabras no son solamente instrumentos de comunicación cotidiana, sino también materia viva capaz de crear mundos. A través de la lectura el futuro poeta descubre que una imagen puede abrir una puerta hacia lo desconocido, que una metáfora puede revelar conexiones invisibles entre las cosas, que el ritmo y el silencio también forman parte del significado. Así, la lectura se convierte en una escuela de percepción y de lenguaje.

De este modo, el oficio poético aparece mediado por tres elementos fundamentales: el ojo, la mano y las palabras. El ojo observa, capta, se detiene en los detalles que suelen pasar desapercibidos. La mano escribe, transforma la intuición en forma, organiza el flujo de las imágenes y los pensamientos. Y las palabras, finalmente, constituyen la materia misma del poema, el espacio donde la experiencia se vuelve lenguaje.

Pero este proceso no es únicamente intelectual. En realidad, está profundamente vinculado con los sentidos. El poeta no solo mira: escucha, toca, huele, recuerda sabores. El mundo entra al poema a través de esa multiplicidad sensorial. Un ruido en la noche, el movimiento de un insecto, el olor de la tierra después de la lluvia, el brillo de una hoja bajo el sol: todo puede convertirse en el punto de partida de un verso. La poesía surge cuando el lenguaje logra recoger esas sensaciones y transformarlas en experiencia compartida.

En este sentido, hacer palabras es también una forma de respirar el mundo. El poema se convierte en un espacio donde la realidad puede manifestarse nuevamente, pero bajo otra luz. La escritura no reproduce simplemente lo que existe; lo recrea. Aquello que en la vida cotidiana parecía insignificante adquiere, en el poema, una densidad inesperada. La poesía tiene la capacidad de rescatar lo pequeño, lo mínimo, lo aparentemente trivial, y mostrar que en ello habita también una forma de belleza.

Este gesto implica una transformación del lenguaje común. Las palabras que usamos todos los días para nombrar las cosas son las mismas con las que se construye el poema. Sin embargo, en la poesía esas palabras son reorganizadas, tensadas, iluminadas por nuevas relaciones. El lenguaje cotidiano se convierte entonces en un nuevo lenguaje, capaz de revelar aspectos ocultos de la realidad. La poesía no inventa palabras necesariamente nuevas; más bien reinventa la manera en que las palabras se encuentran entre sí.

Por eso el poeta observa incluso aquello que suele pasar desapercibido. Lo más insignificante puede contener una verdad inesperada. Un insecto, una hoja, una piedra, un gesto mínimo de la vida cotidiana: todo puede convertirse en materia poética. La mirada del poeta no establece jerarquías rígidas entre lo grande y lo pequeño. En su universo, cada elemento del mundo posee la posibilidad de ser revelado a través del lenguaje.

Pero al mismo tiempo la poesía también se abre hacia lo trascendente. Junto a los detalles mínimos de la existencia aparecen las grandes preguntas que han acompañado siempre al ser humano: el paso del tiempo, la memoria, la muerte, el amor, la fragilidad de la vida. La poesía se mueve entre estos dos extremos —lo insignificante y lo esencial— y en esa tensión encuentra su fuerza. Un pequeño objeto puede contener una reflexión profunda sobre la existencia; un instante cotidiano puede transformarse en una meditación sobre el tiempo.

En esta capacidad de revelar lo oculto reside una de las funciones más profundas de la poesía. El poema dice aquello que aún no ha sido dicho, o lo dice de una manera que permite verlo por primera vez. El poeta elige las palabras con cuidado, no solo por su significado, sino también por su sonido, su ritmo, su capacidad de sugerir más de lo que expresan directamente. Cada palabra se convierte en una puerta hacia múltiples interpretaciones.

La creación poética es entonces un acto de escucha. El poeta escucha al mundo, escucha el lenguaje y se escucha a sí mismo. En ese diálogo constante surge el poema. A veces aparece como una intuición repentina, una imagen que insiste en la memoria; otras veces se construye lentamente, a través de la revisión y la búsqueda paciente de la palabra justa. En cualquier caso, el poema nace de una relación intensa entre la experiencia y el lenguaje.

La poesía está profundamente vinculada con aquello que nos hace humanos. El poema es una forma de latido: una vibración que expresa nuestra capacidad de sentir, de asombrarnos, de preguntarnos por el sentido de la existencia. A través de la poesía los seres humanos han intentado nombrar lo inexplicable, conservar la memoria de lo vivido y compartir con otros la intensidad de una experiencia.

Por eso puede afirmarse que la poesía es el latido mismo de la sensibilidad humana. En ella convergen la mirada, la memoria, los sentidos y el lenguaje. El poeta observa el mundo, lo respira, lo atraviesa con su experiencia y finalmente lo devuelve transformado en palabras. Así, el poema se convierte en un espacio donde la realidad vuelve a nacer, iluminada por una mirada que ha aprendido a ver más allá de lo evidente.


Cenedith Herrera Atehortúa nació en Medellín, Colombia, en 1981. Historiador por la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Autor de libros y artículos sobre la historia local del municipio de Caldas, así como de artículos sobre la historia del teatro y de las diversiones públicas en el Medellín del período 1890-1950. Actor, titiritero y músico, formado en la Casa de la Cultura Caldas.

Algunas de sus ficciones han sido publicadas en el suplemento Generación de El Colombiano (mención Tercer Concurso Nacional de Cuento 2011), la Revista Universidad de Antioquia (2021-2022) y en Cuadernos del Hipogrifo. Revista de literatura Hispanoamericana y Comparada, editada en Roma, Italia (2021). Su libro Prosas de hormiguero obtuvo en 2025 el XXIV Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus; su libro El tiempo y otras despedidas fue ganador de la Convocatoria a la Creación y Circulación del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia en 2018. Telúrica, Revista semestral de Poesía publicó en 2022 algunos de sus poemas.

En la actualidad, se desempeña como Líder de Patrimonio de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Poeta invitado por la Convocatoria de la Revista Prometeo para participar en el 36º FIMed.

Última actualización: 2026-05-03