La función de la poesía en nuestro tiempo
Por: Ronel González Sánchez
En una época signada por la celeridad tecnológica, sobresaturación de imágenes e instantaneidad de la información, la poesía podría parecer un sinsentido, un bisbiseo inaudible entre el escándalo de las pantallas y los algoritmos. Sin embargo, creo que nunca ha sido más necesaria la expresión poética por su capacidad de conservar intacta su antigua raigambre: conmover el alma humana, obligar al corazón (esa palabra tan rehuida hoy) a detenerse y mirar de frente aquello que nos sacude como especie. En nuestros días, esa función adquiere una urgencia política y ética: la poesía no solo reproduce o describe el dolor, sino que lo transmuta en conciencia; denuncia la guerra y siembra la semilla de la paz. Recuerda que, detrás de cada cifra de muertos, hay un rostro; detrás de cada interés geopolítico, hay una historia de vidas fracturadas.
La poesía conmueve porque opera en el territorio de lo aparentemente incomunicable. No informa ni argumenta: encarna. Cuando un texto logra que el que se enfrenta a la página experimente en carne propia la angustia del derrumbe ajeno, se establece un milagro de empatía. Los versos de Wisława Szymborska o de César Vallejo posibilitan que el horror de la guerra deje de ser abstracto y se vuelva visceral. En nuestra centuria, esa potencia afectiva se torna más radical frente a la deshumanización digital. Mientras los espacios noticiosos simplifican los conflictos a mapas y titulares, la poesía devuelve la vida. Un buen poema puede hacer que se sienta el frío de un parapeto en Ucrania, el silbido de los misiles sobre Gaza, una escuela de niñas en Minab, o el silencio de quien ya no tiene palabras para llorar a un ser querido asesinado. Ese estremecimiento no es sentimentalismo ilusorio o barato: es un paso hacia la ética. Solo alguien que se conmueve es capaz de indignarse; solo quien se indigna puede actuar o valorar la posibilidad de no permanecer con los brazos cruzados.
La poesía, no obstante, no se detiene o concluye en la emoción. Nos obliga a reflexionar acerca de los tópicos que estremecen a la humanidad. En un orbe donde la complejidad se resuelve en hilos con una cantidad limitada de caracteres, la poesía pide lentitud en inmersión honda. Obliga a mirar la fragilidad de la existencia, la brutalidad de quienes observan o actúan desde un poder descarnado, y la tenacidad del padecimiento. Temas como la desigualdad, la crisis climática, la emigración o la erosión de la dignidad hallan espacio en la poesía. El poema no ofrece soluciones sino presencia revolucionaria. Cuando Mahmoud Darwish o Adrienne Rich nombran los despojos, quien lee no puede apartar la vista. La poesía transforma las estadísticas en realidad plausible y en pregunta moral: ¿qué hemos hecho y qué estamos haciendo con nuestra humanidad?
Precisamente al llegar a este punto la función de la poesía se vuelve política en el sentido más noble: la posibilidad de invocar una reflexión sobre la paz y detener la escalada de la guerra. Hoy, más que nunca, las grandes potencias juegan con la vida de millones para garantizar rutas comerciales, recursos energéticos o supremacía tecnológica. Las guerras no se declaran con trompetas; se disfrazan de “operaciones especiales”, “defensa de la soberanía” o “lucha antiterrorista”. Detrás de cada misil hay un contrato millonario, un yacimiento de litio o una posición estratégica, y la poesía tiene la capacidad de desnudar ese cinismo. No con panfletos, sino con imágenes que se fijan en la memoria y en el espíritu.
La poesía ha sido siempre arma de los desarmados. Los versos de Wilfred Owen durante la Primera Guerra Mundial o los de Pablo Neruda en España en el corazón no cambiaron el curso de los combates, pero sí modificaron la conciencia de quienes los leyeron. En estos días, poetas como el sirio Adonis, la palestina Najwan Darwish o el ucraniano Serhiy Zhadan continúan esa tradición. Sus versos no piden pertenencias políticas ni divisiones sino que miremos el rostro del “enemigo” y reconozcamos en él a un ser humano. La real subversión reside en humanizar al otro cuando los discursos oficiales lo convierten en amenaza. La poesía puede recordarnos que cada bomba cae sobre un infante que soñaba, un joven que aspiraba a estudiar, una abuela que cultivaba frutas con paciencia, y al hacerlo, erosiona la justificación moral de la violencia.
La poesía por supuesto que no detendrá por sí sola los cohetes ni cerrará fábricas de armas, pero sin dudas puede hacer algo más profundo: cambiar el imaginario colectivo, sembrar la idea de que la paz no es ausencia de conflicto, sino presencia de la justicia. Nos recuerda que la grandeza de una potencia no reside en su arsenal, sino en su capacidad de renunciar a la violencia. En un orbe donde los jefaturas hablan de “disuasión” y “equilibrio estratégico”, la poesía continúa hablando del dolor, la pérdida y la fragilidad de lo vivo. Y la palabra poética, cuando se lee en voz alta, se comparte en una plaza o en una red social, se convierte en puro acto de resistencia.
La función de la poesía en nuestro tiempo no es decorativa ni elitista sino urgente y democrática. No requiere marbetes académicos ni millonarios presupuestos sino valentía y atención. Precisa que poetas y lectores nombren lo innombrable: el costo humano de la ambición. Es necesario creer que una imagen bien elaborada puede valer más que mil discursos de los políticos y los jefes de Estado. Al final la paz no se firma solo en mesas de negociación; se construye primero en la conciencia de los seres humanos. La poesía, con su capacidad para conmover y hacer reflexionar, es uno de los instrumentos más poderosos para esa edificación silenciosa y profunda.
En un siglo que amenaza con olvidar su humanidad, la poesía recuerda que seguimos siendo capaces de sentir, reflexionar y escoger. Y mientras haya un verso que logre captar la atención de al menos un lector, para que se detenga y susurre: “esto no puede seguir así”, la poesía habrá cumplido su función cimera: mantener viva la esperanza y, por ende, la posibilidad de un mundo donde la guerra no sea lenguaje ineludible entre las naciones, sino el error que decidimos dejar atrás con firmeza. Ojalá un día podamos decir que lo hemos conseguido, a fuerza de poemas y de pasos concretos, guiados por el supuesto raciocinio de una especie en franco peligro de extinción.
Ronel González Sánchez (Cacocum, Holguín, Cuba, 1971). Poeta, narrador, ensayIsta, investigador literario, escritor para niños. Licenciado en Historia del Arte. Máster en Desarrollo Cultural Comunitario. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha obtenido numerosos premios, entre los que sobresalen el Nicolás Guillén (poesía), La Gaceta de Cuba (poesía), Nosside (poesía, Italia), José Soler Puig (novela) y Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC (cuento). Ha publicado 60 libros, entre los que sobresalen: Central Patria (2025), Pabellón 10 (2025), Nada es real salvo la noche (2018), Desterrado de asombros (1997), Consumación de la utopía (1999; 2005); La furiosa eternidad (2000); La inefable belleza (2003); Atormentado de sentido. Para una hermenéutica de la metadécima (2007); Los estudios: Selva interior, estudio crítico de la poesía en Holguín (1862-1930) (2002), La noche octosilábica; historia de décima escrita en Holguín (1862-2003) (2004); La sucesión sumergida. Estudio de la creación en décimas de José Lezama Lima (2006); Alegoría y transfiguración. La décima en Orígenes (2007); Temida polisemia. Estudio de la obra del poeta cubano Delfín Prats (2014 y 2016). Los volúmenes para niños. El Arca de no sé (2001); Zoológico (2010); En compañía de adultos (2010); La enigmática historia de Doceleguas (2010); La honorable bruja Granuja del esqueleto embrujecido (2013); Relatos de Ninguna Parte (2013), Relatos turulatos (2015), Los hechiceros de Brujanamá (2025). Las selecciones: Los pies del tiempo (1998); Antología de la décima cósmica de Holguín (2003); Árbol de la esperanza. Antología de décimas hispanoamericanas (2008), El amoroso cuerpo trascendido; primera antología de la poesía erótica de Holguín, Cuba (2015) y Erase un elefante bocarriba; racimo de décimas humorísticas cubanas (2017).