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Para salvaguardar la esperanza

Por: Omar Gallo

Del lenguaje primitivo a la creación poética para salvaguardar la esperanza

    “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono”.
                                                                               Octavio Paz

Cuando empecé a escribir, hace unos 45 años, lo hice con la idea de expresar ese silencio matizado por una ciudad habitada por los ruidos de la violencia y el dolor, como adalides de un delirio golpeado por la mediates y los espejos de la pobreza, que no permitían mirarnos a los ojos ni ver el esplendor de la poesía y sus secretos más íntimos y bellos. El lenguaje arcaico por demás, me llevó a iniciar en la timidez de unos epigramas que no daban cuenta de lo que se gestaba desde las fuerzas de un creador primíparo, inconforme con su entorno, que ansiaba ponerse los zapatos de poeta y hacer las veces de “María para perfumar los pies del Maestro”; es decir, llegar a intimar con las grafías del sentir metafórico y sutil. Porque, según Federico García Lorca: la poesía “es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. Hoy sé, según Juan Manuel Roca, que la poesía es el “fabulario real”.

Y es que, son tantos años en la pelea cotidiana con los hacedores de la literalidad, como una opción que no conlleva a nada, porque se queda en la mera estación de los sentidos que comunican lo mínimo y que se mueve entre el humo del sinsentido pétreo; que favorece el diálogo normal y contextual. Me refiero a expresiones, tales como: “Mi amor, gracias por invitarme a comer empanadas con ají”, “los buñuelos me encantas con café con leche” o, “tu mierda, es la mierda más deliciosa que jamás me he podido comer”. Quizás, cuando me atreví a desatar el miedo por el mundo, fueron esas literalidades las que ondearon esa simplicidad del lenguaje y se quedaron en los pocos decibeles de escribir.

Aún hoy, asisto a la brusca fiesta de la “tal hibridez”, donde pretenden decir mucho con tan poco y se conforman con la cortedad de Charles Bukowski y en vivir cómo vivió; en aparentar con una gorra, una pipa y la obsoletes de unas frases esbozadas con los ademanes lejanos de quién nada quiere enunciar: epifanías que deletrean los testamentos de la vulgaridad y la ordinariez, al punto: que solamente lo celebran los mal llamados “amigos” y quiénes ostentan el rótulo de “mal lectores”. Tuve un maestro provocador de la poesía cuando me habló por primera vez, en 4º y 5º grado de primaria; Arnulfo Flórez Zuleta, que me leyó los poemas de Porfirio Barba Jacob, León de Greiff, Carlos Castro Saavedra y José Asunción Silva. Marcó mi vida tanto, que todavía hoy: lo recuerdo, lo celebro y lo idolatro, desde el respeto por su legado en la ciudad donde vivo.

Pero, ¿qué puede ser la creación poética, si no, ese lograr que se junten esas palabras que no se conocen y provoquen asombro? Tal vez, y remorando a Octavio Paz, la poesía es: “Oración, letanía, epifanía, presencia”. Cuando el magno poeta Juan Manuel Roca llegó a mi humilde existencia de bardo dedicado a aprender los buenos oficios de escribir, comprendí que debía asumir la osadía de leer y leer y releer; de escribir y reescribir, permitir que otros más besados en el arte de las letras, leyeran y se atrevieran a corregir lo corregido, a mejorar lo mejorado y a tirar al bote de basura parte de esa textualidad. No fue fácil convivir con un “séquito de sabios” críticos de mi humilde obrar poética; nada fácil ser presa de una legión de sabedores que no permitían equivocarse ni siquiera pronunciar en público mis sentires y mis sueños, blanco letal de la penumbra. No fue nada fácil ir “río arriba y contra la corriente”, nada feliz enfrentar la odisea del harén de los penumbrosos del miedo, desatando el sortilegio de un mito de obviedad y de la estirpe de la nada; “enemigos módicos” de su propia pobreza que no pudieron redimir el imaginario de no ser escritores.

La creación poética es otra cosa muy distinta, a la tal hibridez en el lenguaje, a quedarse no más a tono con el furor de plasmar, con la lentitud de no decir nada; porque los que saben, repiten y repiten, que existe un lenguaje simbólico y metafórico, capaz de hacer posible lo imposible, de sorprenderse con la “Luna de ciegos” y hacer de la palabra: la daga silenciosa que desata el aroma de las flores en otoño. Con mis estudiantes de los talleres de escritores, en casi 25 años de trajines, hemos descubierto que la buena poesía es otra cosa más letal y más sublime, porque es lo que escribió Paz: “Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo”.  Y ese idioma, no es otra cosa que el buen trato de las siluetas del verso que agrada a los oídos, el matiz de la piel que duele si respira; los embrujos de la libertad que no admite penas ni sonrojos miserables. Crear, es santificar la decencia de corazón abierto y colorido por donaire. Es sabido por decreto natural que para decir algo, lo primero, es recordar cómo lo dijeron, los que conocieron de la duda y su letargo.

Después, volvimos a los orígenes y releímos a Sócrates, a Ovidio, y regresamos a Dante Alighieri, a Gionanni Boccacio… Fuimos presa de Miguel de Cervantesw Saaveedra, Franz Kafka, apareció Neruda; no nos sorprendimos con Nicanor Parra -repito: no nos sorprendió Bikowski ni nos persiguió el olvido ni endiosamos la malaria para justificar las sombras con los ojos tuertos. Releímos a Pizarnik, en el siglo nuevo, ejemplarizamos a Raúl Gómez Jattin, a Piedad Bonnett, a Horacio Benavides; a Rómulo Bustos, a Lucía Estrada y a María Clemencia Sánchez. Aprendimos, que para decir algo: primero había que dejar de lado esa inmediatez, superar la soledad del monólogo que se quedaba en el mero circo de no señalar nada y pasar al vuelo de figuras hirientes y punibles; algo parecido a juntar secretos para desanudar el silencio que dolía como todo lo que era mentira y sobresalía. Fuimos inquilinos en el mundo de Shakespeare y su utopía por la belleza y su coraje, nos movimos en el vaivén de su sapiencia, porque era ajeno a la hidalguía de su encanto.

¿Qué nos dio la razón sobre la belleza fehaciente de la música de las palabras y sus secretos de orfandad y tantos años de soledad, libre de las mentiras y el típico interés de tantas y tantas mujeres que quisieron habitar mi soledad? Nada ni nadie, digo, por fortuna, no encontramos razones válidas para creer en la decencia de escribir lo que pasaba; fuimos convictos por atrevernos a sopesar las sombras con el aire del poema cotidiano, descubrimos que la poesía era inherente a los matices de la esperanza y sus misterios tejedores de tiempo y de osadía. En las lecturas subterráneas de las voces novísimas de mis buenos estudiantes, descubrimos la flor de la Cereza y la noche de la liturgia del poema que no tenía nombre, pero conocía del oleaje de las sombras para silabear la Oda a un ruiseñor de Jhon Keats. Una vez más, persistí en la Morada al Sur de Aurelio Arturo y extendí la imaginación para entender la obscuridad y su aire frutal en remolinos.

Y es que, a lo largo de la historia de la poesía colombiana, se dio la presencia de poetas con un gran manejo del lenguaje, que partieron de diversas maneras de comunicar las relaciones con las cosas y matizaron de una manera luminosa, las palabras y las mismas formas estéticas de definir el mundo. Es así que se preocuparon por un lenguaje altruista, refinado, a la altura de las exigencias modernas y luego, contemporáneas de escribir. A la par, en los talleres de escritores que fueron surgiendo, se insistió de manera adecuada, en las lecturas asiduas de las obras que fueron apareciendo, no sin antes, buscar el conocimiento de los comentarios críticos y las reseñas de estas.

Se pasó entonces de un nivel de bajo perfil y meramente comunicacional de la cotidianidad, a reconocer otras representaciones alegóricas para la escritura poética; se logró pasar de los significados escuetos y con poco sentido, a los significantes repletos de percepciones y manifestaciones de la realidad. Hoy se habla de crecimiento de los integrantes de los talleres de escritura creativa al encontrarse consigo mismo y con su propia voz. Para nadie es un secreto que uno de los objetivos específicos más importantes, es reconocer ese estilo que se va volviendo único y que podrá darle un lugar en el Parnaso de los Poetas.

Lo otro, es que la poesía, como sal de la tierra, ha tenido una misión natural de alto valor: salvaguardar la esperanza por un mundo cada vez mejor, dados los mismos cambios sociales y las tristes situaciones de desigualdad y extrema pobreza, que persisten en algunas regiones de nuestro país. Nunca será “un doctor corazón”, el poeta; pero sí se le da un valor intrínseco como conocedor de otros mundos y otras realidades fuera y dentro del entorno que acontece. La esperanza sigue siendo uno de esos valores que más identifica a los seres humanos, el que persiste en proteger los bienes espirituales y el que despierta más atención. Ya lo escribió Samuel Smile: “La esperanza es como el sol, arroja todas las sombras detrás de nosotros”.

Se puede concluir entonces que, a pesar de la desacertada corriente de hoy que defiende la hibridez en la poesía y acepta la desmedida literalidad, incluso, la horrenda vulgaridad: existen los amantes del buen lenguaje, aderezado por un sinfín de imágenes que logran que vayan más allá y que trasciendan; a tal punto, de enriquecer el fabulario con un toque subliminal y un trasfondo de suprema belleza que hace que se quede en los anales del recuerdo y del corazón. Luego, la poesía hará que la esperanza habite siempre en los corazones de los hombres de buena voluntad y matizará sus tristezas con mansedumbre y con humildad.

Marzo 8 de 2026.


Omar Gallo es poeta y escritor nacido en Itaüí, Colombia. Director de los talleres de escritores: El Sueño del Árbol y Letra Silente y Tinta oculta en sangre. Ha publicado 9 libros, entre los que están: Ética para los sueños, Devorador de sombras, Tiempo de espejos, El antifaz del gato: instrucciones y manuales y Amor Mestizo. Poemas suyos fueron traducido al alemán y publicados en el Magazín Cultural, Xicóalt, Salzburgo, Austria. También se publicaron en las revistas españolas Casa tomada y Alhucema y Malabia, de Argentina. 

Ha participado en festivales de poesía, como el VIII y IX Festival Internacional de Poesía y Arte de La Habana, Cuba, el IV Encuentro Internacional de Poetas, Pasto-Ipiales-Tulcán, el XXIII Festival Internacional de Poesía de Cali. Ha recibido varios reconocimientos como el Premio de Poesía de la ciudad de Itagüí, 2010.

Última actualización: 2026-04-10