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La creación poética: memoria, herida y encuentro

Por: Fernanda González

La creación poética no nace de la comodidad, sino de la grieta. Surge allí donde el lenguaje cotidiano se quiebra y resulta insuficiente para contener la experiencia humana. Es, en esencia, un acto de transformación: convertir el dolor en palabra, la memoria en imagen y el silencio en un puente hacia los otros. La poesía no explica, revela; no describe, toca. Por eso, más que un ejercicio estético, es una forma de existir y de resistir.

Soy una mujer de 36 años. Mi vida ha sido, según otros, inspiradora o difícil; para mí ha sido, sobre todo, un camino de persistencia. Mi escritura nació del dolor, pero no de un dolor abstracto, sino de uno que tiene sonido, fuego y memoria. Era muy pequeña cuando un grupo armado irrumpió en el lugar donde vivíamos o estábamos de paso. Recuerdo poco, pero lo que permanece es imborrable: mi madre acostándonos en el suelo, cubriendo nuestras bocas para que el miedo no hiciera ruido; el techo de zinc atravesado por destellos de fuego; las detonaciones cercanas; los pasos y los gritos afuera. Y, sobre todo, el corazón de mi madre, latiendo con una intensidad que parecía querer protegernos, mientras susurraba oraciones pidiendo misericordia. En ese instante, sin saberlo, comenzó mi forma de mirar el mundo.

Desde entonces, mi mirada se volvió más honda. La creación poética nace, muchas veces, de esa sensibilidad que permite ver lo que otros pasan por alto. He aprendido a detenerme en lo mínimo: la calma de un café, el gesto de compartir un pan, la dignidad silenciosa de quien sobrevive en la calle. Hay una valentía discreta en los actos cotidianos que suele ser ignorada. La poesía recoge esos fragmentos y les devuelve su peso, su luz, su sentido.

Pero no solo la memoria alimenta la escritura; también lo hace la oscuridad. La depresión habitó en mí durante más de dos años, como una presencia densa que fragmentaba todo. En ese tiempo, la palabra no fue adorno, fue salvación. Escribir se convirtió en una forma de sostenerme, de no desaparecer del todo. La creación poética, en este sentido, es un acto de catarsis: permite nombrar lo innombrable, ordenar el caos y dar forma a aquello que duele. Aunque la melancolía aún regresa en ciertos momentos, hoy la enfrento con conciencia. La poesía ya no es solo un refugio, sino también una manera de comprenderme.

La vida, inevitablemente, también está hecha de pérdidas: la muerte de mi padre, la ausencia de mi mejor amiga Natalia, la ruptura de aquello que alguna vez llamé amor. A esto se suma el dolor de mirar a otros, de reconocer la tristeza en los

rostros anónimos que habitan las calles y los parques. En esa observación constante, comprendo que cada ser humano es una historia en movimiento. La creación poética no surge en aislamiento, sino en relación: es un diálogo silencioso con el mundo, una forma de reconocernos en la fragilidad compartida.

Nunca he concebido la poesía como un medio para alcanzar lo material. Hay en ella una intención más profunda, casi invisible: la de tocar. La poesía ocurre verdaderamente cuando logra atravesar al otro, cuando una palabra encuentra eco en una experiencia ajena. No busca la multitud, sino la conexión. No necesita abarcarlo todo; le basta con llegar.

Si un verso logra tocar un lugar profundo en el alma de alguien, si consigue nombrar aquello que parecía no tener nombre, entonces ha cumplido su destino. Porque dejar algo significativo en el mundo no es una cuestión de alcance, sino de profundidad. A veces, una sola lectura basta para transformar una experiencia.

En ese intercambio íntimo, donde quien escribe también es transformado por quien lee, el mundo deja de ser una idea distante y se convierte en un encuentro. Así, la creación poética se revela como lo que verdaderamente es: un acto humano esencial, una forma de habitar la herida sin sucumbir a ella y de tender, desde esa misma herida, un puente hacia los demás.


Fernanda González es poeta, fotógrafa y pintora. También es profesional en logística e ingeniería industrial. Su escritura nace del cruce entre la intimidad y la herida social. En su poesía habitan el amor, el desamor, el dolor y la violencia cotidiana en Colombia, sostenidos por una mirada ética que se niega a apartar los ojos. He escrito más de 300 poemas, algunos atravesados por la experiencia personal de la depresión. Actualmente trabaja en un libro de poemas que espera publicar este año; uno de sus textos fue incluido en la antología internacional Corazón en Ruinas, publicada en diciembre de 2025. Poeta invitada mediante la Convocatoria local, para participar en el 36º FIMed.

Última actualización: 2026-06-03