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La función de la poesía en nuestro tiempo

Ble Angevin

Por: Berta Lucía Estrada Estrada

Pensar y tratar de definir al Homo Sapiens es también reflexionar en su relación con la poesía. Aunque no seríamos la única especie capaz de crearla; puesto que la capacidad de hacer arte es también inherente a la especie vegetal y animal; hablo, sobre todo, de los pájaros. Me refiero a la construcción sofisticada de sus nidos y a la danza y al canto que realizan e interpretan para atraer a la hembra. Toda una actividad de cortejo, bastante sofisticada, que equivale a la escritura de un poemario de excelente factura. ¿Qué nos dice este comportamiento, en realidad un constructo socio-cultural de algunas aves, sobre la poesía? Podrían ser diversas respuestas; la primera en la que pienso, y que trataré de analizar en esta breve reflexión sobre la función de la poesía en nuestro tiempo, es su capacidad de crear lazos sociales, de atrapar, de cautivar (léase pathos); mientras seduce y produce una hermosa sensación de confianza (léase ethos). Sin estos dos aspectos su rito sexual se vería afectado y la hembra esperaría, o buscaría, a otro macho con el cual aparearse. Otra especie que recurre a cantos sofisticados, para seducir a la que será su amada, es la ballena jorobada del Pacífico.

¿Cómo no recordar entonces a Orfeo tocando su lira para rescatar a Eurídice del inframundo y conducirla a la superficie terrestre? El mito nos cuenta que su música atraía y calmaba a las fieras, a las ninfas y a sus congéneres. Otra vez el pathos en el centro de la creación musical; o sea, poesía sin palabras. Dicho de otro modo, es la poiesis que encontramos en los textos poéticos; sean escritos, orales o gestuales.

Ahora bien, ¿por qué hablar de estos conceptos filosóficos que han atravesado la historia de la humanidad para acompañarnos en nuestra vida cotidiana? Porque la poesía une, crea lazos entre los seres y la comunidad -o comunidades-. La poesía trasciende fronteras y gracias a su música -poiesis- trasciende también el idioma. Es por eso que cuando escuchamos la lectura de un texto, que ha sido escrito en una lengua que no conocemos, nos sentimos emocionados. Este fenómeno se produce gracias a que la música también posee esa virtud inherente al pathos. Por eso nos subyuga el ulular del viento o la danza de una hoja cuando el viento la hace desprender de la rama de un árbol o la música de una cascada o el agua de un riachuelo o las olas que mueren en la playa o un aguacero que retumba en los techos de nuestras casas. La música es el comienzo y el fin. Es la respiración que acompaña al nacimiento y al último aliento, antes de bajar la cabeza por última vez.

Y entre ese comienzo y ese fin está el hilo que los une tejido por Cloto; mientras que su hermana Láquesis imagina el destino antes que Átropo intervenga cortando ese frágil y a la vez poderoso hilo. 

Es gracias a Cloto, la hilandera, que estamos aquí reunidos. Ella fue copartícipe de la creación del hilo que es el Festival Internacional de Poesía de Medellín; mientras que Láquesis permitió la cohesión del tejido social en estos treinta seis años en torno a la paz. No en vano, el Festival Internacional de Poesía de Medellín fue galardonado con el Premio de la Paz Alternativo hace ya veinte años, en 2006, el cual fue otorgado en Suecia al poeta Fernando Rendón; director y tejedor de este maravilloso y mágico encuentro que hoy nos acoge en su seno y que nos invita durante una semana al Olimpo de las Musas (hablo metafóricamente). Esa es la función de la poesía. Acogernos y sentarnos en la mesa presidida por Diotima. Un banquete de sentidos que luego quedará para siempre en nuestro sistema límbico y cuyo recuerdo hace que cada vez que leamos -o escuchemos- un verso, tengamos la sensación de estar en el pairidaēza (paraíso); así ese paraíso sea a la vez sinónimo de caída.

Por último, quisiera agradecer al Festival Internacional de Poesía de Medellín, a su director Fernando Rendón, a su hijo Luis Eduardo, a Geraldine Marín y al resto del equipo de trabajo, por convocarnos en torno a la palabra y por permitirnos tejer las palabras y tocar la cítara al lado de Cloto y de Orfeo. Este encuentro nos permite salir del inframundo por algunas horas; y eso no siempre le es dable a esta especie que sería la única en ser consciente de la fugacidad de la existencia.


Berta Lucía Estrada nació en Manizales, Colombia, en 1955. Poeta, ensayista, dramaturga, antologadora, crítica literaria y de arte. Se define como “Librepensadora, feminista, atea y defensora de la otredad”. Ha publicado diez y ocho libros; entre los cuales se encuentran cuatro obras de teatro y una novela corta escritas al alimón con Floriano Martins y una obra de teatro escrita con Ángela Gentile. Ha recibido seis premios de poesía; entre ellos el Premio Nacional Ediciones Embalaje (Museo Rayo-2021), por el poemario Naufragios sobre Hipatía y Alejandría.

Algunos de sus poemas y artículos han sido difundidos en las revistas Triplov (Portugal), Agulha Revista de Cultura (Brasil) y en publicaciones asiduas de UNIOESTE, Revista Acróbata (Brasil), Revista Crear en Salamanca (España), Blanco Móvil (México), Nueva York Poetry, La otra (México), Altazor (Chile), AErea (Chile y España) y Aleph (Colombia).  Además, es colaboradora del espacio Palabra de Poeta del programa radial Pegando la Hebra, dirigido por María Vicenta Porcar Pedro (Valencia-España), en el cual dirige y presenta el espacio Poliedros dedicado a entrevistas y a la presentación de libros.  He sido traducida al francés, portugués, rumano, griego e inglés.

Última actualización: 2026-04-10