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La poesía no tiene que ver con la urgencia

Por: Denise León

     Para mí la poesía no tiene que ver con la urgencia. Felizmente. Porque odio que me apuren. Mi vida está llena de rituales, de repeticiones. Algo hermoso que tiene la poesía es que empuja la lengua hacia otros lugares. Lugares que no tienen que ver con la utilidad, con las tareas domésticas, las teorías semióticas o la ganancia inmediata. Es como chupar un níspero o un gajo de naranja que es de alguien más. Chupas el gajo, tirás la cáscara, el azúcar te queda en la lengua y después seguís con tus cosas. Parte del placer de leer y escribir tiene que ver para mí con esa sensación de bandidaje, de apropiación, que te dan lecturas que disfrutás muchísimo y que hacés tuyas, aunque no siempre sean correctas. Ningún apuro. Convertir las palabras ajenas en propias puede ser a la vez algo emocionante y peligroso. Siempre pienso que alguna vez le voy a dedicar mis obras reunidas a Alberto Migré porque no hubiera podido sobrevivir a mi infancia sin las telenovelas que me prohibían mirar y que yo veía a escondidas como si las siestas fueran interminables. Interminables. Igual que la poesía.

      Pienso que muchas veces proponer una definición es como cerrar una puerta de golpe. Eso no es algo que me interese hacer de momento. A nadie le gusta que lo encierren. Me dan más ganas de apoyarme en el dintel y, mientras muevo la puerta con el pie (a lo Gary Cooper, diría mi madre) esperar que algún poeta venga en mi auxilio. Y, generalmente, vienen. Recuerdo por ejemplo unos versos de El paisaje interior, de Mirta Rosenberg, que he citado muchas veces como un talismán en mis clases: “Ahora, más cerca de la tierra, / veo las mismas cosas / pero veo más”. Quizás ese sea uno de los trabajos posibles para la poesía: buscar no tanto un punto de llegada, sino más bien un modo de mirar. Y entiendo ese plus, ese “ver más” que dice Mirta, implica detenerse en lo que otros no han visto pero para ponerlo después en circulación, para devolverlo al lenguaje como una sombra viva que busca alcanzar la piel de los lectores y así, seguir diciendo.

      En estos últimos años estuve en varias conferencias y congresos donde los participantes discutieron sobre el judeoespañol y sus posibilidades: si está condenado o no, si hay que mantenerlo vivo a fuerza de voluntad, si ciertas producciones lo contaminan o reducen su pureza, qué se yo. No creo saber ahora mucho más que lo que casi todos los interesados en el judeoespañol sabemos: es una experiencia tan hermosa como intraducible y sólo la comprenden los que aman, disfrutan y padecen en esa lengua. Todo parece indicar que, si no sos hablante nativo de ladino o, si no escribís sobre el romancero tradicional, los refranes y las recetas de las abuelas, no tenés el derecho oficial a usar el judeoespañol. Puede ser. Pero entonces, ¿por qué no robarle el judeoespañol a los tradicionalistas y escribir sobre lo que una quiera? Porque yo no soy hablante de ladino. El ladino no es mi lengua materna, fue la lengua de mis abuelos. Y entonces es como esos cartones donde mi mamá dibujaba los puntitos y yo, con hilo rojo y aguja, iba uniéndolos hasta armar la figura del pajarito. Quiero decir que, como mi dominio del ladino es parcial, espurio, incompleto, voy inventando lo que falta, lo que no entiendo, lo que no tengo. Voy mezclando los patrones con la imaginación y el deseo. Y ese trabajo con las hilachas si vos querés, con los restos del banquete, de la fiesta, yo lo vivo como un homenaje a mis mayores, como un gesto de amor que tiene mucho de deliberado, de inútil y también de melancólico.


Denise León nació en Tucumán, Argentina, 1974. Es poeta, nieta de inmigrantes sefaradíes. Ha publicado Poemas de Estambul (Alción, 2008), El trayecto de la herida (Alción, 2011), El saco de Douglas (Paradiso, 2011), Templo de pescadores (Alción, 2013), Sala de espera (elCRUCEcartonero, 2013), Poemas de Middlebury (Huesos de Jibia, 2014) y Mesa de pájaros (Bajo la Luna, 2019).  Poemas suyos han sido incluidos en diversas antologías, como Por mi boka (Lumen, 2013) y Penúltimos. 33 poetas de Argentina 1965-1985 (UNAM 2015), y traducidos al inglés y al portugués.

Fue invitada por  la Convocatoria del 36° FIPMed, por una poética que entrelaza intimidad y memoria histórica, haciendo visibles las marcas de una herencia atravesada por el desarraigo.

Última actualización: 2026-04-22