La creación poética
Por: Leandro Calle
Cuando Susan Sontag en su brillante artículo Contra la interpretación dice: “En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”[1], está hablando justamente en un contexto donde la crítica y la explicación conceptual habían asfixiado el aspecto formal.
En una cultura cuyo ya clásico dilema es la hipertrofia del intelecto a expensas de la energía y la capacidad sensorial, la interpretación es la venganza que se toma el intelecto sobre el arte (…) El verdadero arte tiene el poder de ponernos nerviosos. Al reducir la obra de arte a su contenido para luego interpretar aquello, domesticamos la obra de arte. La interpretación hace manejable y maleable al arte. Este filisteísmo[2] de la interpretación es más frecuente en la literatura que en cualquier otro arte.[3]
Hoy el contexto ha cambiado pero tal vez haya cambiado para mal. Es decir, tal vez no se privilegie la “interpretación” y se abandone el sentido; de hecho, la posmodernidad abre su llaga, se muestra mucho más sensible, pero esta sensibilidad muchas veces no está ni vinculada con el pensamiento ni está dada por la libertad. Si Sontag habla de la domesticación del arte a través de la reducción al contenido podemos decir que sin haber superado totalmente aquello, asistimos hoy a la domesticación de nuestra propia sensibilidad. Nuestros sentidos se han ido ajustando, moldeando a una manera de vivir que se presenta veloz, fragmentaria y fugaz. Muchas veces, manipulada y domesticada por la influencia de los medios masivos de comunicación. Escuchar y esperar se hace cada vez más difícil y el poema necesita ser escuchado y necesita tiempo. El tiempo de un nosotros, el tiempo de compartir en comunidad.
Alguna vez hemos esperado con ansiedad una carta. Hoy la nueva tecnología nos permite comunicarnos de manera instantánea y ello es verdaderamente un adelanto insoslayable de la ciencia para el mundo. Pero también es cierto que nuestra capacidad de espera se encuentra confundida. Lo que resulta más difícil para la posmodernidad es la capacidad de sostener interrogantes. Es decir, sostener la pregunta sin la avidez de la respuesta. Sobre todo, en el contexto o mejor dicho en el ámbito del arte y la literatura, donde la respuesta no cuenta tanto. De algún modo, el arte siempre es pregunta. En este sentido es interesante ver cómo la capacidad simbólica de los niños los hace preguntar constantemente. Ellos no necesitan responder. Sin embargo, en el mundo de los adultos, la respuesta es necesaria, pero es necesaria en un plano y no en todos los planos. En el plano simbólico y estético, el arte es una pregunta que interpela y nos obliga a sostener un interrogante. Uno podrá preguntarse entonces ¿para qué? ¿Para qué una pregunta sin respuesta? Creo que es mejor responder sin responder, o responder con la misma mediación simbólica de la literatura. En este caso, me apoyo en el poeta Roberto Juarroz:
Hemos encontrado una pregunta.
¿Será el silencio también una respuesta?
Quizá a determinada altura
las preguntas y las respuestas son exactamente iguales[4].
Esperar y escuchar son conceptos íntimamente ligados al tiempo. Al igual que la espera, la escucha es una actividad difícil en estos tiempos posmodernos. Es arduo escuchar la voz que habita el poema, como es arduo también escuchar la realidad del poema. Escuchar es en algún sentido abrir la puerta al silencio, llenarnos de silencio para ser fecundados por él. Un silencio fecundo, un silencio que en definitiva gestará la palabra, porque silencio y palabra son caras de una misma moneda. En el poeta, escuchar y esperar, dejarse habitar por el silencio, muchas veces genera, suscita, promueve y cristaliza el poema. Mucho mejor lo dice el poeta Claudio Suárez en un solo verso que puesto a modo de conclusión del libro ofrece las dos caras del silencio y la palabra: “Para escucharte, hablo”[5].
Así como escuchar y oír no significan la misma cosa, ya que escuchar refiere a la atención, concretamente “aplicar el oído para oír”, podemos conjeturar que oír un poema no es lo mismo que escucharlo y escuchar un poema implica un compromiso raigal con la palabra simbólica. Del mismo modo la esperanza que genera la espera es contraria a la ilusión. La esperanza, que jamás saca los pies de la tierra, se compromete con la realidad pero permite al corazón sacar sus alas y volar libremente. La ilusión, desarraigada de toda tierra, parece remontarse lejos, pero como las pompas de jabón, prontamente se deshace, se desvanece y se olvida. Una sociedad sin esperanza y sin capacidad de escucha, difícilmente pueda comprender la grandeza de la poesía. Por eso el simple oír y la ilusión, pueden también brindar una poesía olvidable, desarraigada, un espejismo, una no-poesía.
El arte en su dimensión simbólica es convocante y evocativo pero también es provocativo, nos mueve a la acción. En este sentido hay una tarea esperanzadora que puede ser el descubrir y el encontrar (nos/se). La obra de arte una vez concluida se hace extraña a su creador. Terminada la tarea, el poeta libera su obra y se libera de ella. La obra es arrojada al mundo. En ese ser arrojada al mundo, la poesía adquiere su dimensión simbólica, dimensión expresada en este caso, en su justo sentido etimológico. Quisiera remitirme, sin querer extenderme demasiado, a la etimología de la palabra símbolo ofrecida por el filósofo alemán Hans Georg Gadamer:
Símbolo, es en principio, una palabra técnica de la lengua griega y significa “tablilla del recuerdo”. El anfitrión le regalaba a su huésped la llamada “tessera hospitalis”; rompía una tablilla en dos, conservando una mitad para sí y regalándole la otra al huésped para que, si al cabo de treinta o cincuenta años vuelve a la casa un descendiente de ese huésped, puedan reconocerse mutuamente juntando los dos pedazos. Una especie de pasaporte en la época antigua; tal es el sentido técnico originario de símbolo. Algo con lo cual se reconoce a un antiguo conocido[6].
De esta manera, el arte, para nosotros poetas, es aquella parte de la tablilla que nosotros podemos compartir con los demás y así “re-conocernos”. El otro se vuelve de los míos. Nos reconocemos. De este modo la poesía y el arte en general puede ser que sea un punto de encuentro en un mundo roto simbólicamente. La dimensión posesiva, lucrativa y utilitaria del arte y en particular de la poesía terminan por ser reductivas y ubicar al poema en una dimensión de respuesta cuando parecería ser que el arte se encuentra más cómodo en los paisajes de la pregunta. El encuentro con la poesía, al mismo tiempo que nos sacia, nos deja con sed. Sed que refleja nuestra propia contingencia y nuestra necesidad de infinito o trascendencia.
La poesía está aquí, en el mundo. Fue arrojada al mundo desde el comienzo. Es necesario escuchar y descubrir. El poeta venezolano Armando Rojas Guardia en su “Poema de la llegada” crea un final que bien podría, en su dimensión polivalente, hacer de cierre de este ya largo texto.
Cuando tú vienes
no has venido
estás ya desde siempre[7].
[1] SONTAG Susan, “Contra la interpretación” en Contra la interpretación, Buenos Aires, Alfaguara, 2005, pp 39.
[2]
[3] SONTAG Susan, “Contra la interpretación” en Contra la interpretación, Buenos Aires, Alfaguara, 2005, pp 30-31.
[4] JUARROZ Roberto, Decimocuarta poesía vertical, Buenos Aires, Emecé, 1997, pp 108.
[5] SUÁREZ, Claudio, Mientras tanto, Córdoba, Argos, 2008, pp 52.
[6] GADAMER, HANS GEORG, La actualidad de lo bello, Buenos Aires, Paidós, 2008, pp 83-84.
[7] ROJAS GUARDIA, Armando, Obra poética, Caracas, el otro@el mismo, 2004, pp 60.
Lenadro Calle nació en Zárate, Argentina, en 1969. Poeta y traductor. Reside en Córdoba. En 2020, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), publicó una antología que reúne veinte años de poesía: Algo que arde. Antología poética 1999-2020. Ha sido traducido a varias lenguas; en francés, cinco de sus libros fueron reunidos en: Passer et autres poèmes, L’Éclat éditions, poésie/poche, Prefacio de Patricia Farazzi e Introducción de Yves Roullière, París, 2022.
En narrativa publicó El punto débil (novela) colección Marea Negra, Ediciones Ilíada, Berlín, 2022; La mutiladora, (novela), Babel ediciones, Córdoba, 2023. Como traductor ha traducido a Guy de Maupassant, y a los poetas marroquíes Abdellatif Laâbi, Siham Bouhlal y Miloud Gharrafi. También a los poetas francófonos Anissa Mohammedi de Argelia, Véronique Tadjo de Costa de Marfil, Gabriel Okoundji del Congo (Brazaville)y Jean-Paul Daoust de Québec. Es miembro del Centro PEN (Argentina) y pertenece al equipo editorial de la Revista Palabras de Poeta desde su fundación. Letras suyas se convirtieron en canciones a través de las composiciones de los músicos Jorge Martínez, Gerardo Schiavon, Mario Díaz, Eli Fernández y Mauricio Pereyra.
Es uno de los poetas invitados mediante convocatoria, para participar en el 36° FIPMed.