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Poemas de Robin Myers

Por: Robin Myers
Traductor: Ezequiel Zaidenwerg

Luz

"Yo creo que al final es todo luz; creo que es aire"
--Larry Levis


Yo creo que al final es todo luz. Pero no, finalmente,
porque sea algo hermoso o temporario, ni siquiera solemne. Una vez,

con un hombre del que estaba enamorada, fuimos al bosque a caminar y de repente comenzó a llover.
No estaba en nuestros planes. Pero igual le encantó; él era de Wyoming,

y estaba acostumbrado a amar aquellas cosas que el mundo decidía que podía manejar sin previo aviso].
Sacudía los árboles la lluvia. Convertía el sendero en un riachuelo, levantaba la tierra,

y a mí me parecía que jamás volvería a estar seca. Pero cuando llegamos hasta un risco
y miramos abajo, en dirección al valle, vimos que el sol se abría paso a través de las nubes

que antes lo ocultaban: súbitamente, la tormenta era una tormenta de luz.
Se tiñó todo el valle de un naranja profundo, los árboles brillaban doblemente:

antes por el otoño, ahora por el sol. El hombre
contemplaba, asombrado, el barro reluciente ante nosotros.

Yo creo que al final es todo luz, pero no porque cambie lo que toca.
Yo creo que él creía que estar ahí

nos convertía a ambos en parte del paisaje –y me tocó la cara,
donde tenía lluvia todavía, y quizá algo de luz-; y también me parece que creía

que de algún modo éramos responsables, en el sentido, al menos, de que siempre
lo somos de las cosas que decidimos ver. Yo creo que al final es todo luz,

no, sin embargo, porque nos bendiga o nos borre: sentí, al bajar
por la ladera, una especie de incómoda ternura por el cuerpo

que tenía a mi lado, este hombre cuya mano había tocado mi piel,
como si de verdad todo esto se tratara de su mano y mi piel; cuyo amor por el mundo

siempre será más fuerte cada vez que pose la mirada sobre él y mire cómo el sol
resalta todo aquello que él sabe verdadero. Pasamos por al lado de un arroyo

salpicado por esquirlas de luz, como si fueran peces.
Vimos la luz filtrarse por el aire. Y así vimos el aire. Yo pienso que al final es todo luz, pero tan sólo

porque no guarda relación alguna con nosotros, no nos puede ayudar,
tan sólo iluminarnos, de la misma manera en que ilumina una fila de árboles,

una ruta desierta, sábanas arrugadas al amanecer tras la partida del amante.
Pienso que es todo luz, porque nos encendemos y después nos apagamos,

luego nos encendemos otra vez, le demos importancia
o no a ese hecho. Porque no. No podemos.

 

Lo demás

¿De qué se trata en realidad, esta necesidad de compararlo todo,
de hacer que cada cosa se parezca a otra cosa, de abrirse paso a fuerza de metáforas
hacia un tipo de calma que no sea parecida a un andamio construido alrededor del aire, sino concretamente eso?]
Me senté en una iglesia en Masaya, Nicaragua, mientras caía la tarde,
elegí el banco por la forma en que la luz bañaba el suelo, filtrándose a través
de los vitrales con reflejos rojos.
Pensaba, al observarla, que esa luz se parecía un poco a una mancha de sangre
que se fuera extendiendo sobre algo blando y luego se la dejara al sol; quizá se pareciera más
al jugo de sandía derramado sobre sábanas blancas. Pero al final,
honestamente, se parecía más a una luz roja reflejada en el suelo de una iglesia en Masaya, Nicaragua,
mientras caía la tarde. Y te pido perdón por apartar esa luz de sí misma,
por anunciarte que esta noche la luna es más delgada que una moneda sumergida en agua,
por decirte que cuando te ríes te pareces a un fósforo al momento de encenderse.
Yo, si pudiera, viviría de un fogonazo cegador a otro,
si aquello no entrañara alguna forma de desesperación, un debilitamiento
de la fe, si es que puedo tomar prestada esa metáfora; un desarmarnos a nosotros mismos como un rompecabezas,
junto con cada vínculo que establecemos y pedimos; la plenitud, sin duda,
es algo secundario y más penoso. Puesto que cada vez que respiramos
es en verdad igual a la vez anterior; caso contrario, tengo que creer
que eso que se transmite, se comparte, o al menos se recuerda, es hacia dónde va esa respiración,
por qué sucede, por qué la necesito; es todo, todo lo demás.

 

La metafísica de Pedro el heladero

Según lo veo yo, el cielo es otro mundo, nada más,
y yo no soy de ahí.
Vi un programa en la tele acerca de los peces de las profundidades,
que viven tan profundo que casi no son peces, sino apenas
pinchos y lamparitas que relumbran en un lugar extraño.
Nosotros no podemos bajar tanto, excepto en una máquina.
De intentar respirar, nos ahogaría el agua,
y nos aplastaría la oscuridad. Mientras que aquellos peces
se la pasan nadando por ahí, con sus luces de giro y sus dientitos,
comiendo lo que sea que ellos comen,
todas nuestras palabras y los planes que hacemos no nos sirven de nada;
y todas esas sombras y las cosas que brillan,
junto con la comida invisible de los peces,
tienen bastante más sentido que nosotros.
¿Por qué sería diferente el cielo?
Otro país por el que para entrar tenemos que morir,
y donde ya no importan la tierra ni la sangre ni los huesos,
y hay que aprender a parecerse al aire
después de caminar por tantos años.
Cuando a la noche prendo una vela al costado de mi cama,
eso es lo más que llego a parecerme
a los peces de las profundidades.
Se me voló el sombrero un día de viento;
quizá eso se parezca un poquito a volar
o a tener un espíritu o a ser uno. Jamás volví a encontrarlo.
Quizá llegue a algún lado antes que yo,
quizá me quede donde estoy sin él.

 

Alejandro en el medio del camino

 

Soy sensato y estoy decepcionado, y ya no sé qué más
podría ser. Las manos se me están reblandeciendo. Corro peligro de
cumplir cuarenta y tres. Soy terco y, además, inteligente;
me paso todo el día aquí sentado, quieto; planto eucaliptos en macetas,
y casi como un chiste, siempre crecen.
Aprendo rápido. Ahora mismo estoy aprendiendo francés. Creo que me enamoro
una vez por semana, por lo menos, y aun así me paso el día aquí sentado.
Cada vez más, pongo la cafetera pero me olvido de cargarle el agua.
A la noche me duele la espalda al admitirlo.
Quiero desaprender a manejar. Tendría mucho que decir acerca
de mi casa a las tres de la mañana. Abrazo fuerte a mi hijo
hasta que al fin se duerme, y él me ciega, me para el corazón.
Esto no es una broma, tampoco una amenaza, amar de esta manera.
Quisiera irme, pero ¿cómo podría hacerlo? Tardo en desaprender.
Ahora estoy aprendiendo que mi vida
va a parpadear, apenas, como una llama al viento,
y que no habrá un calor abrasador ni una helada aplastante,
sino que la tibieza que pude conseguir o absorbí de algún lado
o fabriqué yo mismo o entregué seguirá su camino por sí sola,
sin importar si yo lo quiero o no. Lo quiero menos y lo quiero más que nunca.
Voy a seguir diciendo estas cosas por siempre.

 

Magdaleno en movimiento

A pesar de que tiene solamente una pierna,
un brazo que termina en la mitad
de aquello que promete y una mano
cuya ambición se quedó trunca en los nudillos,
casi nunca está quieto: usando de muletas
los codos, se levanta de su silla;
y alzando todo el peso de su torso
sube cada escalón de una escalera
y se vuelve a sentar. Así, debe elevarse antes
de posarse otra vez: a fin de cuentas
es obediente de la gravedad, aunque le cause sufrimiento. Come.
Sostiene el vaso entre el brazo inconcluso
y la mano que ahora es un puño para siempre,
y limpia el plato con el pan. Su boca
es inquieta y severa. Se abre. Aguarda.

Yo antes solía pensar que el cuerpo no podía
sino ser un vehículo para su movimiento, o viceversa.
Me parecía que esta indistinción no era solamente lo que pone
en movimiento la muñeca de la bailarina
como una cinta sobre su cabeza,
sino lo que nos hace creer que esto es así.
Y sin embargo, Magdaleno sabe que somos gesto y nunca gracia,
sino función. Se quita el sombrero y se seca el sudor valiéndose del miembro
que ha improvisado con lo que ya no lo es,
los músculos tirantes más a fuerza de empeño que de músculo,
con la insistencia de la utilidad que las cosas debieran de tener;
y tienen, en efecto: con sus manos sin manos,
que siguen a la búsqueda de algo, empujando, agarrando,
romas sus puntas por la fuerza misma
de su propia intención.

 

La conversión de Magdaleno

Dios me ama. Pero no siempre fue así.
Cuando era joven, antes
de que se me empezaran a caer
una tras otra las extremidades
como hongos desprendiéndose de un árbol,
me odiaba tanto que ni siquiera existía.

Él no era nada, no estaba en ningún lado;
yo mismo no era ni siquiera eso.
Les chupaba la sangre a las mujeres,
envenenaba hombres, bebía los licores de la tierra.
Si Dios hubiera sido la tierra, me lo habría
bebido a él también.

Después vino la peste.
La carne, una corteza que se iba desprendiendo;
ya no sentía las extremidades.
La piel, como los restos de un incendio,
que hasta la propias llamas rechazaron.
Todo me rechazaba. Así, cuando yo mismo

me convencí de no desear ya nada,
acostado en el suelo boca abajo,
mientras me atragantaba de polvo,
Dios me habló desde la nada, y dijo:
“Ahora veo
que hay algo que
tú quieres”.

Dios no era nada, pero yo lo había escuchado.
No era nada, e igual creía en él.
Si bien tenía las piernas chamuscadas,
me paré como pude.

Yo podría haber muerto
y él quiso que viviera.
Cuando hasta Dios no es nada, y nada, pero nada
te quiere, de algún modo
tú vives.

Yo vivo aquí sentado. Vivo elevando rezos
como rayos que estallan
en la tierra,
porque ahora mi cuerpo es como un árbol
quemado por un rayo.

Me ama. Cuando uno no ama nada,
y vive aun así,
eso es amor.

 

Amalgama

En cada casa soy una recién llegada,
y el idioma que hablo casi siempre es ajeno.
Cuando al fin me decido a decir algo,
siento que no estoy lista.

*

Tus frutas y tus piedras,
las piedras de tus frutas,
tus bosques devastados y los bosques
de tu devastación, tu desolación,
tus caballos raquíticos,
tu ventana y tu viento,
tus reservas,
tus frascos de conservas,
tu pan untado apenas,
lo inverosímil de tus fresas;
tus discretos collados, 
tus neumáticos viejos, arrumbados,
lo poco que quedó de tu paciencia,
lo seco de tus fuentes,
tus nudillos
dolientes, tu dolencia,
su tránsito.

Me encuentro bien, me encuentro
a plena marcha
y me encuentro intranquila,
aquí, en una ciudad  que se aniquila
de tanto en tanto y hasta sus cimientos.
Me encuentro aquí,
en el baño subterráneo de un centro comercial
con techos de cristal,
y me encuentro incapaz de concebir el olvido
de esa manera tuya de colocar las manos
sobre toda mi cara,
y de tocar con toda la carne de las manos
toda la carne, toda, de mi cara, como tocas el aire.
Me encuentro aquí, privada de lenguaje.

Me encuentro fastidiada
por el pésimo estado de la acera,
que va de todo aquello que hemos hecho
a lo que no hemos hecho,
y  del  dónde y el cómo
del tropezón que nos trajo hasta aquí.

¿Y tú, dónde te encuentras,
en cuál de todos los posibles absurdos
de la vida en común,
con los que nombro geografía y recuerdos,
aeropuertos y aire?

Las colinas desnudas
se curvan exhalando
en el sentido de las carreteras;

el cielo las invita a que se acerquen
y no las deja entrar.

Las carreteras son recordatorios
alargados y tensos. Son rasguños

que parecen decir: “En adelante,
seguirás recordando
todo lo que te he hecho.”

¿Quién eres tú, que te chupas la sal
de los dedos en casa del vecino?
¿Quién eres tú, que concilias el sueño entre balazos?
¿Quién eres tú, que no quieres decirme
lo que dice la frase que escribiste en mi espalda?
¿Quién eres tú que lloras
mientras insultas a la policía?
¿Quién eres, que me dejas
pararme de la mesa mientras todavía hierve el arroz en la olla?


Robin Myers  nació en Nueva York, Estados Unidos, en 1987. Vive desde el 2011 en la Ciudad de México, donde trabaja como traductora independiente y escribe poesía. Varios poemas suyos han sido traducidos al español y publicados en las revistas Letras Libres, Tierra Adentro, Laberinto (suplemento cultural del diario Milenio), Revista Metrópolis, México Kafkiano, Transtierros y Ventizca. Otros de sus poemas en lengua inglesa han salido en revistas estadounidenses e internacionales.

Ha traducido y publicado a diversos escritores de español a inglés, tanto poetas como narradores; entre ellos se encuentran Antonio Gamoneda, Juan Gelman, Tedi López Mills, Eduardo Espina, Israel Centeno, Álvaro Bisama, Félix Bruzzone, Ezequiel Zaidenwerg y Alejandro Crotto. Fue becaria de la American Literary Translators Association (ALTA) en 2009 y de la Banff Literary Translation Centre (BILTC) para realizar una residencia artística en junio de 2014.

Como poeta ha sido invitada a varios encuentros literarios en México como son el Encuentro de Poetas del Mundo Latino, en Aguascalientes; el Encuentro Internacional de Escritores “Literatura en el Bravo”, en Ciudad Juárez; la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería y el Festival Verbo, en México DF.

Última actualización: 05/12/2025